De Dante,
homenaje en su centenario (1921).
REMIGIO CRESPO TORAL(*)

Busto a Dante en Quito (1921)
“En la crisis actual, en esta Babel de las ideas que es también confusión de arte y de poesía, los mismos que intentamos el viaje al porvenir, que es la última tierra para la inteligencia, como dijo el numen Florentino, debemos también volver los ojos y el alma a la poesía que hizo La Vida Nueva y La Comedia Divina: su antigüedad es nuestro porvenir, porque esa antigüedad es viva, inmutable, soberana, de ayer, de hoy y de siempre; nos hallamos dentro de la jornada milenaria que anunció el poeta:
¡Vuelva la antigua poesía,
oh sacras musas! (Purg. I)
¡Y honrad al gran poeta:
surge su sombra ausente… (Inf. III)”
“Para las generaciones de trovadores anacrónicos falsificadores de arte, para los artistas de enfermedad y de locura, versificadores flácidos y muelles, esta gran poesía de viril contextura que muestra la red de los nervios y el tumulto de la savia, la recia palpitación y la arquitectura de los músculos y los huesos, significa acusación contra la endeblez sin vértebras, el sonido sin ritmo y la sangre sin circulación.”
“Casi era desconocida la prescindencia política, aquel sibaritismo tan común hoy que compra la dorada servidumbre del retiro y la cobarde esquivez, con la renuncia del derecho y de la entereza varonil de todo ser que ha nacido para la acción, para la dinámica de la voluntad, para la defensa y el ataque, que significan lo más noble y sustancial de la vida.”
I
En esta melancólica tarde de los siglos, se multiplican los homenajes seculares a los grandes hombres. En la plebeya medianía de nuestros días trágicos, es dulce al mundo, anciano ya, tornar a la idolatría del recuerdo, a la edad de la epopeya, al culto de los genios. Y son tantos los varones eminentes que han honrado a la humanidad en las remotas edades, que en cada año nos es forzoso juntarnos, para los ritos centenarios de culto a los dioses mayores de la fama.
En el siglo presente, se vienen multiplicando estas grandes solemnidades y hoy, todos los pueblos de la tierra se congregan para la apoteosis de Dante Alighieri, reconocido, por sufragio universal, como uno de los pocos indiscutibles representantes del linaje humano, no solamente por el esplendor del genio, sino por la alteza del carácter y la persistencia de la gloria.
El que os habla ahora estima distinción eminente, intervenir en esta fiesta del alma latina, que se celebra en una de las patrias nuevas del numen de Roma, encarnado ahora en Dante. Desde la florida juventud, a él se dirigieron mis vacilantes ojos, y procuré seguir en pos de su carro triunfal, para recoger siquiera una huella perdida de su luz inefable. El que os habla juzga empresa superior a su posición y a sus fuerzas, interpretar vuestro sentimiento, en la magnitud de este homenaje.
II
La edad media, la edad geológica de las formaciones y cristalizaciones de la civilización cristiana, se inclinaba a su madurez. Tumultuosa y viril, mostraba la grandiosidad de las convulsiones, la explosión de las catástrofes, dentro de las turbulentas aguas de donde habían de surgir las islas y los continentes de un nuevo mundo intelectual, moral y político que se generaban en el seno de aquel torbellino. El siglo XIII, el siglo estupendo de la edad media, agotó la grandeza, para producir al hombre que compendiaría el vigor de su tiempo, el tesoro de la antigüedad y la visión de lo futuro: el hombre completo que juntaría el saber y la gracia de la Hélade con el poder de Roma, iluminados una y otra por el sol, que en la tierra de la promesa, se levantó el año primero , cuando se dividió el tiempo, y se partió en dos el grande océano de las civilizaciones. Dante debía cerrar con llave de oro la época medioeval, y abrir con esa misma llave la edad moderna, poeta máximo, descubridor y conquistador, nauta hasta en las últimas aguas a donde puede llegar el conocimiento, poeta de ultratumba, el inmortal sobre todos los inmortales.
El genio esclarecido trocó -por la otra vida- la presente (Par. IX);
el tres veces poeta, uno y trino, el de las tres ciudades, el poeta a un tiempo humano y divino, por declaración de todas las gentes y de todos los tiempos. Si en algún dichoso mortal se han agotado las hipérboles de la alabanza y el incienso de la religión del arte, ha sido en él.
III
Ha seiscientos años ¡vanidad de la vida y de la gloria!, hoja del árbol de la humanidad, se arrancó y cayó para mezclarse al polvo de tierra extranjera. Su patria afortunada le había alejado de su seno de madrastra, fue el proscrito vengador y dolorido de veinte años. No le comprendió sino apenas su siglo: su obra apareció como un cometa que llegaba por primera vez sobre el horizonte, y su visión produjo el asombro: el estupor viene a ser el primer aplauso que alcanzan las obras inmortales. Después de Dante, se hizo el silencio, el silencio de un siglo, se había gastado el caudal de dos centurias, y había que esperar otra, para que el Renacimiento trajese un nuevo sol y un nuevo día.
El poeta de Florencia conoció quién era, y cuál su puesto en el senado intelectual. Su conciencia le decía que, pues había creado él un nuevo mundo, otro mundo, el de las edades futuras, comprendería su genio. De sus compañeros Guido Cavalcanti y Guido Guinecelli bien pudo decir que él les arrebató la fama.
Se contó en el número de seis poetas mayores: de ellos hoy no quedan sino los más excelsos: Homero, Virgilio… y Dante. Sobre todos ellos, será forzoso levantar al padre de la poesía: Moisés. Dante prometióse para después de mil años los grandes ritos que correspondían a su triunfo. El profeta no acertó a ver que, mucho: antes, comenzarían aquellos, que, casi interrumpidos en el paréntesis de oro del Renacimiento, volverían a recobrar su imperio, y no acabarían mientras el hombre pensase en su destino, sintiese su dolor y amase la naturaleza y la hermosura. Cuando suban las aguas del océano del olvido, en lenta ascensión por el flanco de las montañas, irán quedando los picos más excelsos, como aparición del cielo, más bien que como despedida de la tierra, eminencias que contemplarán, en la soledad final de las ruinas, el naufragio de las grandezas humanas y el hundimiento de la mole de libros en que se hubo derramado la humana locura.
Observada desde la cumbre, se advierte cómo es, bajo el sol, tan poca la obra definitiva e indiscutible, -apenas unos pocos libros. la Biblia, libro de Dios resumen y epopeya de la historia, desde las súbitas convulsiones del caos hasta la muerte del tiempo- la Divina Comedia peregrinación del hombre y su justicia, en los tres círculos de la vida inmortal; La Imitación, itinerario del alma al
través de las miserias de la tierra-, el Quijote, el otro aspecto del dolor, su hermoso antifaz, dualismo de los pobres nacidos para la realidad y la quimera, problema sin solución aquí de la carne en lucha con el ensueño.
IV
¡Feliz Italia, que sobre tantos y tan grandes hombres, posee al mayor, al más alto! A la poesía ha concedido la opinión universal la soberanía, los poetas son los ocultos legisladores del mundo, dijo Shelley, los poetas van adelante en las rutas de la historia. Italia excede a las demás naciones, pues ha alcanzado la plenitud de la fama, ella como pocos pueblos que la siguen, cuenta con el hombre superior: Dante. El, como Homero, Virgilio, Shakespeare, Cervantes, Goethe, dan el concepto de lo gigantesco; salieron como dijo el mismo Dante, fuera de sí, para excederse a sí mismos, para deslumbrar a su edad y reinar en las edades venideras.
En torno a ellos, como al rededor de las estrellas fijas, se agrupan innumerables pensadores y artistas, libros y selvas de laurel se amontonan al pie de sus estatuas; la pintura, la escultura, la música aprovechan los motivos de las obras imperecederas. Mientras más amplio se esparce el movimiento de las ideas, crece la atracción de aquellos astros de primera magnitud, que aprisionan, dentro de su órbita, a las generaciones que se van sucediendo, y que cada día, con más empeño, se orientan, en la peregrinación del desarrollo, siguiendo el curso de aquellos luminares, puestos por Dios para derrotero de la humanidad.
V
La literatura y la poesía, todo el arte, tal como lo entendemos dentro de la civilización occidental, arrancan de Grecia: no sólo las letras traen su inspiración de aquella áurea, remota fuente, sino los idiomas, obra artística y colectiva, se han edificado sobre mármoles griegos. Un cielo culminante del adelanto humano corresponde al del imperio de Grecia, imperio, más que por las armas, por la influencia de los Númenes y las Gracias.
Esa maravillosa cultura, en conquista pacífica, en evolución extensiva, se abrió camino a Italia al corazón del Mediterráneo, centro de la historia, a Roma, sede del espíritu y de la belleza. Allí se trasplantó no sólo el laurel de Alejandro, sino el de Homero y Virgilio y Cicerón, tanto como César y Augusto, debían transformar el ocaso de la civilización griega en otra naciente civilización, que gobernaría toda la tierra, que fundiría en una sola federación de intereses e ideales, a todas las razas, no únicamente a impulso de los legionarios, sino por la soberanía del Derecho, la supremacía de una lengua sonora y cabal y en el encanto de la lira.
A esa misma Roma, para ser dueños del Mediterráneo y del universo, llegaron, en navegación de conquista, desde el extremo oriental de aquel mar de prodigios, unos pescadores de Palestina. Eran los mandatarios de un Personaje extraño, maravilloso y único de un condenado a muerte, que fundó la religión del porvenir, la religión de todos los tiempos, la monarquía universal de las ideas, creación íntegra de ciencia, arte y moral, en que fuimos, somos y seremos todos los que pensamos y sentimos conscientemente bajo el pabellón de las estrellas. Llevó entonces la palabra de predicación, de energía, un filósofo indomable, Pablo, ciudadano romano, que trajo al mundo grecolatino, primeramente las ternuras evangélicas, la leche y miel del sermón de la montaña y después toda la médula de león de la doctrina cristiana. Comenzaba la serie de nuevos siglos que cantó el precursor Virgilio, para imperio de
Saturno, padre de los siglos de oro….
Dividida la historia en dos mitades, entrábamos en la segunda mitad, para la unidad de las almas, la paz de las conciencias ante la soberanía de su Creador. El Cristianismo, adelantándose a las haces imperiales, entró en Roma y penetró por los ámbitos conocidos del planeta, en empresa de renovación, en jornadas seculares, triunfando por la sangre del martirio, por la educación de la conciencia, por la práctica de una libertad sin mancha, por la predicación de la caridad.
El Cristianismo, con todos los elementos de vida que arrancan desde la génesis del mundo, resplandeció, con luz plena, con calor de vida inmortal. No vino a destruir el saber y la belleza antiguas, vino a encaminarlos. Anunció los dogmas y misterios que completarían la concepción tradicional de los destinos humanos, desde la creación en el oscuro seno de la nada, hasta la triunfal resurrección de los cuerpos. Llegó la sorpresa de las altas cosas, de las cosas arcanas, aunque incomprensibles, ciertas, con la certeza de la palabra de Dios. La Biblia resultaba el gran poema de la humanidad, síntesis de su historia, desde la esperanza en el Salvador, desde los idilios del Edén hasta la plenitud de los tiempos, luego la aparición del Señor, del Varón de dolores y la vocación de los gentiles, la vasta confederación de tribus, pueblos y naciones, “las arenas del mar y las estrellas del cielo”-, y al cabo la segunda venida del Señor en majestad: una línea recta y luminosa trazada sobre el mundo universo, desde el vórtice del caos hasta la cumbre de la visión bienaventurada. Este gran libro, cosmos de la f e, más que un libro es la manifestación de Dios en la tierra, la Revelación, por medio de la palabra, la atracción de las almas hacia un solo centro: el Príncipe de la paz, el Vencedor de la muerte, Cristo, el Soberano, al que se dio el imperio de la tierra.
Comenzó luego la época reflexiva, el examen de conciencia de los pueblos. Mezcladas las civilizaciones; para la depuración, se imponía el estudio, la paciente labor de separar, de escoger, de pulir, y vinieron la teología y los doctores, para construcción del edificio con los dispersos sillares de la tradición. Y con los doctores, comenzó a desplegar las nacientes corolas la flor de la poesía nueva, que correspondiese a las encantadoras escenas del Evangelio y a la graciosa sabiduría de las parábolas. En la obra hercúlea de los primeros apologistas, teólogos y maestros de controversia, saltan ya las primeras chispas de la inspiración cristiana, que debía crecer en la elocuencia del Crisóstomo, en las páginas vibrantes de San Jerónimo, en las dulces confidencias del obispo de Hipona, hasta llegar a las estrofas de los himnos fitúrgicos, a los cantos de San Ambrosio, de San Bernardo, de Páulino de Nola y sobre todo a las vehementes estancias de Prudencio Clemente, que cantó a los héroes cristianos, con acentos desconocidos en la lira de Roma.
VI
En el siglo XIII la cultura cristiana había dado la primera cosecha de las literaturas romances, llegó a su cumbre la jornada heroica de los poemas franco- germánicos, y el gay saber había destilado sus panales hasta casi agotarse en los sonetos de Petrarca. Entonces, discípulo de Alberto el Grande, surgió en Italia otro de sus colosos, Tomás de Aquino, que entregó al comercio de las ideas inmortales un libro de enciclopedia, la Suma reducción, en solo un libro, del saber, en sus más intrincadas proyecciones.
En marcha así las corrientes de la civilización, debía nacer, del movimiento impetuoso de esa edad de formación, la síntesis de teología, de filosofía y de arte, que compaginase la antigüedad con el Cristianismo y abriese al Cristianismo los caminos del porvenir.
Había ya las bases para la concepción harmónica de los conocimientos: compenetración de la poesía en la doctrina y de ésta en la poesía, a impulso del ideal religioso, único entonces de la humanidad.
El mundo pagano, en la dispersión de sus dioses, no acertó a llegar ni a los umbrales de una fábrica así de suprema unidad, que aprovechando las tradiciones y el acervo existente de cultura, desarrollase el plan de creación que resumiese las aspiraciones humanas en el tiempo y fuera del tiempo.
A Dante, que conoció hasta el fondo la antigüedad greco-latina, cuyo genio asimiló la tremenda, sublime inspiración de los poemas hebreos, cuyo espíritu sintió el tormento magnífico del alma de su edad caballeresca, soberbia, indomable; le fue concedida la fortuna de tentar la empresa, de coronar la empresa: obra de conjunción de dos civilizaciones y de dos mundos, de la vida y de la inmortalidad.
Las tradiciones órfícas, los poemas de Homero y de Hesíodo, el frío y artístico libro de Lucrecio, el similar e inspirado de Ovidio, el viaje a los infiernos de la Eneida, todo ello resultaba débil y pequeño, como antecedente de la estupenda creación que debía realizar el poeta de Florencia.
Se trataba de una síntesis de amplísimo vuelo que redujese a la técnica de la poesía los elementos cosmogónicos racionales y teológicos al alcance de la humana inteligencia, mediante la iluminación inspirada, en tentativa de audacia, casi superior a las fuerzas creadas,* obra de brío e intensidad de un espíritu aquilino que abarcase las nébulas y los sistemas del pensamiento y las infinitas vías de la tierra a las estrellas, reduciendo el universo a una geometría poética y filosófica que comprendiese lo pasado y lo futuro, el alma y la realidad exterior, la vida en el cuerpo, y la vida fuera del cuerpo, y dando a la construcción una estructura y ensamble en que no asome esfuerzo en la idea primordial ni violencia en la ejecución.
VII
Florencia, capital de la cultura italiana, teatro fue de febriles luchas, de aquellas en que se debatían entonces las ciudades de la Península, por conquista o en guarda de sus fueros y desafueros comunales. Dante, patriota florentino, no renunció jamás las contiendas de la ciudadanía: en su tiempo, casi era desconocida la prescindencia política, aquel sibaritismo tan común hoy que compra la dorada servidumbre del retiro y la cobarde esquivez, con la renuncia del derecho y de la entereza varonil de todo ser que ha nacido para la acción, para la dinámica de la voluntad, para la defensa y el ataque, que significan lo más noble y sustancial de la vida. Se batallaba entonces largamente, con ardor, por un ideal, por nobles ambiciones casi siempre, y en todo caso a estímulo de trágicas y quizá bellas osadías. Dante güelfo o (del partido popular arrimado al Pontífice y portaestandarte de las “libertades” comunales) evolucionó hacia el partido adverso, los gibelinos, que sostenían, a la sombra del emperador, del Sacro Imperio Romano, el ideal de una federación italiana, que por alianza del Pontificado y el Imperio, mantuviese la supremacía de Italia en las naciones de occidente y quizás en el mundo.
El espíritu de elevación, la tendencia aristocrática, el hábito autoritario, que correspondían a la grandeza del poeta, le inclinaron al partido de los blancos en contra del de los negros. Prior de Florencia, se creyó en ella necesario, y una vez, cuando se trató de enviarlo de embajador, exclamó súbitamente: “Si yo voy ¿quién queda? y si quedo ¿quién va?”
Un hombre así debía provocar y provocó el odio de sus émulos el terror de los plebeyos y el desdén de los engreídos señores. Cuando soñaba él en la libertad de Italia, “llamada a realizar la renovación de la literatura y de la civilización modernas, mediante el Cristianismo, sin sujeción a poder extraño, mediante una confederación perpetua” (César Balbo); fue postergado, se le condenó al destierro, y a ser quemado vivo, si volvía. . . .
Abandonó su hermoso redil (bello ovile); y confiscados y perdidos sus bienes, tuvo que dejar su casa, abandonar a sus hijos y a su esposa, entregados a la crueldad de la miseria, y peregrinar por señoríos y palacios de potentados extranjeros, llevando la faz sombría bajo los pórticos de los palacios que le humillaban con su hospedaje y sentándose a la mesa ajena, para beber, en ajeno vaso, la amargura del vino mezclado con lágrimas.
Hombre inmenso, terrible, estupendo, en verdad no apto para las elasticidades de la simpatía, que la obtienen los caracteres blandos de modestia calculada y serena mansedumbre. Con la túnica de su tiempo, majestuosa y severa, negra casi siempre por la austeridad, indiferente a la visión de los sucesos y de las cosas que había contemplado ya en su mundo interior, la nariz aquilina con finura de daga, los ojos encendidos; ojos de rapiña como de César, con vislumbres de fiera y de serafín; pasaba por los caminos sin querer mirar, preocupado por el cálculo de lo infinito y manejando la brújula que llevase su fantasía a través del océano desconocido. En una solemnidad festival de Siena, por largo espacio, no alzó los ojos del libro. Padecía el tormento de la superioridad, de la que no podía bajar sino por los peldaños de la piedad y el perdón, nunca por los de la humillación y el renunciamiento. Se pudo decir de él lo que de Fidias: que contempló a los dioses muy de cerca y a los hombres lejos. En la existencia doméstica, tuvo la frialdad de la cumbre, que da sombra, pero sombra helada a la llanura; careció quizás de las expansiones ordinarias, sin dar al deber las caricias que lo hacen dulce y amable. En su patria y fuera de ella, por no caber su grandeza en parte alguna, fue siempre un proscrito: proscrito en la vida presente, sintiendo su miseria, vengándose de ella con el sarcasmo, desafiando al vicio y a la codicia, aplastando la pequeñez, sobre todo la de los afortunados y los dueños del mundo, emperadores, reyes y pontífices. No conoció la complicidad del silencio, ni ocultó secreto alguno en el fondo de sus entrañas. En él se puede alabar lo que enaltecía uno de los padres de la crítica moderna.- Dijo todo lo que tenía que decir, sin que la disimulación fuese para él recurso artístico (Sainte-Beuve). Padeció la elevada pero amarga dolencia de la vanidad, regó con llanto las raíces del árbol de la gloria; apeló a la posteridad, del desdén de sus contemporáneos, y lanzó el anatema contra la ingratitud de su patria:
Italia, esclava de dolor asilo,
burdel, y no señora de naciones (Purg. VI).
De las pasiones humanas tomó la parte generosa para engrandecerlas: de la ambición hizo el patriotismo, de la soberbia olímpico desprecio a esclavos y señores, del amor la suprema elevación. Se le acusó por su ira, aquella ira que era su alma, y la ira inspiróle la gran justicia, la que creó el infierno, que debió ser creado, como dijo un bufón de gran talento. Se le llamó voltario y tornadizo porque dio espaldas a sus viejos amigos que querían ensangrentar la victoria y vender la patria al extranjero francés. ¿Qué fue sensual? cuando de su misma armadura masculina de sangre y de fuego, como flor de reparación, brotaron las ternuras espirituales, que preludiaban las jornadas místicas de la santidad, los ardores de la carne no contaminaron ni la orla siquiera de la túnica de la divina Beatriz, ni llegaron hasta la ventana de luz de la Dama Compasiva, ni al alcázar de la Dama gentil del Convite.
VIII
Este superhomo en que se juntaron, la flor ideal y la savia del instinto, la piedad y el furor, la llama del sentido y la llama de amor viva, alta y divina, debió hacer e hizo el poema humano por excelencia, el enorme poema, la Comedia. Dióle ese nombré, porque la risa “es esplendor de la inteligencia” según decir de El Convite, la Comedia significa la risueña y serena contemplación de la vida triste, que se redime de su dolor por las caricias del genio. (Purg. IX).
Tan maravillosa composición no tuvo raíz ni simiente: nació sola, prole sine matre: su originalidad representa la nota primaria de excelencia del poeta, que por ella exclamó:
La onda que surco nunca fue surcada (purg. XI)
Igualmente, otro genio, antítesis del suyo y no menos encumbrado, dijo de su creación- el Quijote: “Para mí solo nació, él supo obrar y yo escribir; y mi pluma vivirá luengos siglos”. (Cervantes–El Ingenioso Hidalgo. . . Cap. final).
El objeto de la Divina Comedia, teológico y moral, se endereza a una síntesis completa de la existencia, iluminándola con la sabiduría divina, “de cuyo lado no se encontrará en el poema una sola sombra” (Gioaquino Berthier La Divina Comedia).
El fondo del cuadro, más amplio que el del Triunfo de Rafael o el del Juicio Final de Miguel Ángel, inspirado en la Trilogía del profeta florentino, abarca el inmenso escenario de la creación.
La diminuta estrella que habitamos, la melancólica lámpara de la luna que alumbra en muchas noches la peregrinación del genio; el sol que preside el curso del universo-continente nuestro de luz en el infinito de las constelaciones, el abismo con sus espesas sombras; las hendiduras y promontorios lamidos por la llama-, los rincones de desolación de la noche-, las aguas muertas y bituminosas que azotan las entrañas de la tierra y ladran con las olas en furor-, las playas de tibia lumbre y las riberas marinas del Purgatorio donde la resignación espera, y se mezclan cánticos y piadosas querellas al perfume de rosas de penitencia; y las rompientes de luz del Empíreo, sus círculos y esferas de contemplación, de visión, de adoración, de éxtasis: las azuladas Ranuras para el vuelo de las trémulas alas de los ángeles-, la esperanza que ha encontrado su puerto de paz; la caridad que se ha fundido en la llama del amor que no acabará…
Esta milagrosa síntesis trascendental se ha construido, no por modo de razón ni por cálculo de inteligencia, sobre sus duras escalas, sino en viaje etéreo, al vuelo, en la expansión y plenitud del numen, por intuición, por adivinación, por arte sublime. Desde su altura, puede comprenderse el misterio; la creencia, y la poesía confunden el ritmo de su ascensión; resuelto aparece el problema de la Providencia en la historia, y se explican la mecánica del universo, las revoluciones siderales, el espacio infinito y el enigma de la eternidad. Las áridas matemáticas encontraron el genio que levantó también su pesada mole, para lanzarla a rodar en el vacío, resplandeciente por la inspiración ellas han llegado también al infinito, donde alienta el alma universal, el espíritu divino, que pasa sobre la faz del abismo y sobre la más alta cumbre del cielo. ¡Enorme poeta, y enorme el océano en que su inspiración se dilata. . .!
la onda que surco nunca fue surcada;
ni otro alguno lo surcará hasta que haya tiempo y haya humanidad.
¡Oculta psicología del talento! Este poeta ultrasensible, que se trasplantó a la inmortalidad, que desdobló su inspiración y su ser, no fue un solitario ni un contemplativo, un santo o un místico, sino un soldado, un pecador, siervo a veces de la carne, que manejaba el venablo de la sátira desde su arco en tensión.
El arco del decir tenso hasta el hierro (Purg. id);
un viajero de todas las sendas, embriagado en las rosas del amor. Fracasaron en él la doctrina de los antecedentes, la lógica de los hechos y la geometría de la investigación: él comenzó, siguió y acabó, rompiendo los moldes de la naturaleza.
IX
Su aparición en la ciudad del arte, de la ciencia y de la historia significa la alianza del mundo antiguo y del mundo nuevo. Virgilio, último de los dioses de la lira en la bella antigüedad, fue su maestro.
Cuenta piadosa leyenda monacal que un viejo monje enamorado de Virgilio pensaba una tarde, a las orillas del Mar del Norte, en el destino de una alma tan bella y pura como la de Virgilio. Absorto en el misterio de esa meditación, le sorprendió un libro que flotaba en las olas, y que las olas lanzaron a la ribera. El monje recogió el libro náufrago: ¡era de Virgilio! Esa noche, en la piedad del sueño, un espíritu le descubrió cómo aquel libro se había salvado en un naufragio de siglos, porque también el poeta estaba salvo. El dulce Virgilio habitaba en las moradas que se reservaron a los precursores de Cristo.
Los poetas cristianos no podían resignarse a la proscripción de Virgilio, de las playas del Paraíso, como los filósofos de la misericordia no consienten que Sócrates, Platón, Séneca habiten la mansión de las sombras.
La compañía de Virgilio, desde la Selva solitaria hasta las últimas riberas del Purgatorio, con la incorporación de los héroes, dioses y genios de la antigüedad en las regiones del Infierno y de la Expiación cristianas, corresponde al orden de la belleza perenne de Grecia y Roma mezclada a las sublimes escenas, sobre el fondo de soberbio paisaje, en el cuadro magnífico del poema, que utiliza a la humanidad entera, para un conjunto de maravillosa harmonía.
Los mármoles de las estatuas, no reducidos a polvo por los celantes del nuevo culto, guardáronse con los papiros de las bibliotecas, -monumentos venerables de la civilización, para aprovechamiento de las generaciones cristianas. Las estatuas debían bautizarse, y trasladarse a los museos, para culto no religioso, sino de arte, y los libros de oro, rescatados en los cenobios y en las casas de oración, por mano de monjes y pontífices, pasaron a las escuelas, para salvar el idioma, la poesía y la gloria, manteniendo así no interrumpida la tradición de cultura, a fin de que el hombre de todos los siglos resultase uno por la ciencia y la belleza. El Cristianismo no vino a destruir sino a edificar, a transformar, a completar el mundo de las ideas y el universo de la historia, sin alterar la corriente tradicional: renovación sobre las tumbas, evolución constante del espíritu, conciencia permanente de los destinos humanos
X
Más tarde debía venir un violento impulso de retroceso, casi excéntrico, el del Renacimiento, que tendió a desviar la marcha de ascensión del ciclo medioeval. La civilización greco-romana, ingerida en el árbol del Cristianismo, “resucitó” preponderante, en una congestión de savia y que amenazó destruir la obra de las centurias cristianas. Los secuaces de la “resurrección” del paganismo “no supieron qué hacer del Evangelio que les estorbaba”. En esa espléndida enfermedad del humanismo,- Dante sin admiradores y casi sin lectores, esperaba en su olvidada tumba, los mil años que él se prometió para resurrección de su fama.
El gran poeta de La Divina Comedia dio la norma cierta y definitiva de ensamble de la civilización greco-romana con la civilización cristiana y universal. Imitó los modelos antiguos no como siervo de su soberanía, sino como aliado, y a veces como -rey,: que rey era, por la elevación de la sabiduría, la visión inmensa del numen y el vuelo del espíritu a través de regiones desconocidas: todo ello fruto de la sacra simiente que se plantó en el Calvario y dio el árbol que atrajo a pueblos y gentes de todos los rincones de la tierra.
En La Divina Comedia Virgilio está en su sitio propio; en los varios cuadros del poema aparecen los semidioses, los héroes y las divinidades de los mitos primitivos- Plutón y Proserpina, Hércules y Teseo, Diana y Dafne, el desventurado Hipólito y Orestes. No causa extrañeza ni aún la invocación a Apolo, en el punto mismo de abrirse la puerta del Paraíso, y no asombra la presencia de Catón, salvo ya en las moradas de la paz.
La poesía, se presenta como un caudaloso río, que utiliza y recibe todas las fuentes, y avanza por los mundos de la realidad y de la fantasía, majestuosamente, hasta perderse en los confines del tiempo. Esa gran masa de las aguas, en la obra del Dante, resulta el Cristianismo, a cuya grandeza y plenitud han concurrido las muertas civilizaciones, sus mitos y sus dioses, los héroes y las gracias.
Dante poseía, en alto grado, el atributo de independencia y soberanía personal, sin quebrantar un solo precepto, sin atentar contra la supremacía indiscutible de las ideas, sin romper en parte alguna el velo de la fe, supo ser dueño de sí mismo, alimentose de su propio numen y se aventuró en el gran viaje, para llamar a juicio a todos los seres, a quienes puso en las moradas ultraterrenas de un Infierno, un Purgatorio y un Cielo, hechos según el dictado de su conciencia, fiscal, juez y verdugo; y consolador y galardonador, a semejanza de Dios que lo crió. Esta poesía estupenda llegó a las orillas de lo imposible y se irguió atrevidamente en los espacios siderales.
Dante fue creador, altamente creador, no de un mundo caótico y disperso sino de un cosmos poético, equilibrado y magnífico.
La obra de toda la vida de Dante responde a un solo impulso de unidad y concentración, para la fábrica de un sistema, fundido de una sola pieza, reluciente, inquebrantable, que al sonar en un punto como esfera de metal, sonaba harmónicamente en todas sus partes. La Vida Nueva constituye la primera etapa sentimental la ciencia y razón de amor, la reconstitución del ideal caballeresco, transformación de la sabiduría de amar de los trovadores en la inmaculada unión mística. El Convite compendia los conocimientos de su edad y adelanta en su síntesis, preparando los sillares de la Comedia. El libro de la Monarquía concibe la organización del mundo para su paz y engrandecimiento, bajo un solo cetro temporal que correspondiese, paralelamente, al gobierno de las almas, ejercido por el Pontífice de Roma “soberanía paciente, civilizadora, universal, instituida para interés de todos, conservadora de la libertad de cada uno”.
Su programa sociológico, e internacional supera a casi todas las fantasías hegemónicas que los apóstoles de la paz han forjado, en larga meditación, sin más resultado que la vanidad de su tentativa. No se trata de Roma que estableció el civis romanus sobre los demás moradores de la tierra, sino la federación de los pueblos dentro de un invencible imperio, en que desaparezcan los intereses de persona o región en cuanto estorben al bien de la humanidad. Desde entonces, ésta no ha alcanzado el equilibrio que se traduce en la paz de las naciones. Organizado el sistema internacional en la forma de rivalidad de los Estados, la paz no se ha adquirido sino con la guerra, y las expansiones de los pueblos han ido paralelas al engrandecimiento de sus armas. Ni la lucha tantas veces secular contra el imperio musulmán que invadió casi toda Europa, junto a sus nacionalidades para la resistencia: la Iglesia quedó en ocasiones solitaria sobre los muros desmantelados de Roma. Las naciones cristianas se disputaban la hermosa presa de Italia. Después, desaparecida la grandeza de España, tomó la soberanía del mundo Inglaterra en lucha con Francia: han sido las sangrientas etapas del equilibrio europeo, que se rompió a principios del siglo XIX, gallardamente, por el Capitán del Siglo. Su caída trajo el torbellino de las ambiciones y algo como la organización: de un caos. Estamos dentro de él, acaba de finalizarse la guerra mayor que ha asolado la tierra, y la justicia no ha aparecido, ni se anuncia la paz por ningún lado del horizonte. Se levanta, como una esfinge, la faz broncínea y adusta del poeta florentino, que pide a las naciones cristianas cuenta de sus locuras. Su gran ensueño de paz universal queda en pie, flotando sobre el humo y vapor de sangre de la crisis contemporánea.
XII
Cumbre y remate de tan magníficos ideales es La Comedia que la opinión de todos los tiempos llama Divina, que resuelve los problemas de la vida, en forma trascendentak el mundo como debe ser, la justicia en el tribunal de la historia, el juicio de Dios por boca del poeta. ¿Qué cosa de las que alientan bajo el sol no cabe dentro de las altas murallas de este poema, ciudad inmortal, edificada para entrada y salida de todas las caravanas que han de peregrinar hacia el templo que guarda las cenizas de su último profeta?
En el Infierno, marcados por el fuego, desfilan los enemigos del genio, los malvados de su tiempo, los monstruos humanos de todas las edades. Allí aparece la gigante tragedia del furor de Satán, la vorágine de rebeldía en que se hundieron los ángeles en la primera contienda, las almas que vagan en las negras aguas de un mar de infinita amargura. Las pupilas del profeta se abren en el fondo de la sombra, sorprenden uno a uno los suplicios, varios y múltiples, desde el tálamo de Rama hasta los eternos hielos, donde los precitos lloran y ven trocadas sus lágrimas en hielo que les ciega. Allí la severa venganza del poeta hasta contra el pecado de los suyos; el no perdona ni al maestro Bruneto Latini, allí la espantosa escena de Ugolino en la Torre del hambre; allí sorprende el episodio inimitable que hará llorar a los amantes de todos los siglos, el de Francesca y de Paolo, cual
palomas con las alas desplegadas,
del deseo a merced, al dulce nido
van, en alas del viento, enamoradas (Infi. V.);
y se pierden en la cálida atmósfera, volando, y volando sin fin, inseparables los ojos de fuego del poeta alumbran la escena en las tinieblas.
En la poesía antigua abundan las tradiciones del Averno: a las asombradas gentes se mostraba la misteriosa entrada del Aqueronte, donde empujaba su barca el sombrío piloto, en infatigable travesía de ir y venir, para conducir a las almas hacia la ignota ribera.
Mas las otras partes del perna, el Purgatorio principalmente, denuncian la originalidad sin punto de partida. Aquella es la primavera de la poesía cristiana, que florece con todas sus flores, después de los
versos de amor y prosasde romance [Purg. XVI].
Palidecen, ante esta explosión de arte, las trovas del Lemosín, que Dante rechazó para comparación con la nueva habla en que había agotado su ternura Francisco de Asís uno de los primeros moradores del Paraíso. Se había apagado la estrella de los Guidos y de Dante de Majano. Quedaba solo, para sí, para Italia, y para el mundo el cantor de La Comedia.
Al penetrar en las mansiones del Purgatorio, por entre la abertura de una montafia se anuncia el azulado oriente de zafiro, y Virgilio, el maestro, siente efluvios de selva primitiva que vienen de nuevos mundos y nuevos cielos. Paisajes maravillosos los de ese país de adivinación: transparentes los lagos, los lirios en flor, trémulas las frondas, iluminadas por la luz que se anuncia en las sombras primeras. Y allí bajo un cielo diáfano, apacible, el inmenso dolor de la expiación mezclado a las ternuras de la esperanza, dolor como el de las madres que ven a sus hijos en el cielo; llanto de felicidad, ojos alzados hacia la sempiterna aurora, en angustiosa y resignada espectación.
En la primera jornada, el poeta encuentra a su amigo Cassella, al músico que encantó sus horas de la tierra.- ¡Cassella mío!, y Cassella le responde:
Así como te amé,
en mortal cuerpo, te amo todavía (Purg. III);
y Cassela tañe y canta delicadamente una vieja canción de su amigo Dante.
En una claridad como de tarde, nace una nueva luz, y se abre otro horizonte, y así como al anochecer, comienza a agitarse un polvo disperso, áureo y gris, y asoman en el cielo etéreas imágenes, que parecen ser y no ser.
Llega Lía derramando corolas, que tienen la frescura del primer rocío de la tierra y dan aroma que se aspira por primera vez. En el aire, en la luz, en el perfume, se anuncia la aparición que ha de estremecer al poeta.
A través de una lluvia de flores, sobre alas níveas, al rumor de sus remos que se agitan, llega la imagen celestial. la cubre verde manto, la ciñe túnica de púrpura, vela su faz tenue gaza de inmaculada blancura y corona su cabeza la plateada oliva:
¡Es Beatriz!
¡Amada del primer amante, oh diosa! (Pura. IV)
el amor de los primeros años, el de los últimos años, el amor único y espiritual. Siente el peregrino correr por las venas la antigua llama, tiemblan las arterias como para arrancarse-, quiere mirar y le ciega la hermosura de la amada, baja los ojos hacia la hierba de la senda. La luz de la hermosura pone transparencia a sus culpas, tiene vergüenza de la divinidad que le acusa, y desfallece.
Sigue la idealidad tenue, impalpable inasequible, el aniquilamiento y algo como la pérdida del ser en otro ser ¿Y Virgilio? el maestro donde está? ¡Ha desaparecido! Su genio, como las estrellas al salir el sol, se ha apagado en el horizonte. ¡Qué silencio y que tristeza deja el maestro! No tuvo valor para despedirse, y se fue. Es el símbolo admirable de la antigua poesía que renuncia a pisar los umbrales del arte nuevo. ¡Adiós a los héroes y a los genios y a las gracias! El poeta cristiano siente la nostalgia de esas cosas amadas que le enseñó el dulce poeta del Lacio, último de los antiguos y primero de los modernos.
El Paraíso, superior a los otros cantos por la enormidad del intento, redúcese a la glorificación del amor de inteligencia, del amor que en las esferas es compás de armonía y en las almas visión del ser y la hermosura, deleite espiritual, reposo suprasensible: el regreso de la creatura al Creador. Lazo sutil, trama interior de esta parte del poema es Beatriz, la que desde La Vida Nueva, ha ascendido a la montaña del paraíso.
En los flancos de la sacra montaña, Beatriz “el único ángel que faltaba al cielo”, muestra a su amante la mansión de paz y en ella las innumerables falanges de espíritus y potestades del Empíreo, movidos en torno de la Realidad Infinita, en resplandor como de iris, vagando en el océano del éter, esmaltado con los diamantes de las constelaciones. Es ¡Piccarda, la víctima santa de la castidad! ¡Es el venerable antepasado Cacciaguda, que enseña al viajero el decoro de su origen y su lejana fortuna, en remota posteridad!
La dichosa pareja atraviesa el éter azul en el esquife de plumas, al batir de las alas, rompiendo la áurea y rosada espuma de los arreboles. En rápida peregrinación, atraviesa las mansiones bienaventuradas.! allí encuentra a las almas puras, a los ciudadanos de eterna felicidad-. los doctores, los mártires, los pobres que padecieron en la prisión terrenal, los tristes, las viudas, los huérfanos; el pobrecito de Asís y tantos santos, y después la república infinita de los ángeles . . . . Llega Lucía, que obtuvo del Señor para Dante el pasaporte hacia las regiones de ultratumba; y al estruendo de cánticos nunca escuchados, se llega al albergue de elección. Beatriz muestra a la Doncella de Nazaret, a la madre de Belén. . ..Acabó el viaje del alma, y ésta ensaya la melodía de los elegidos:
¡Virgen y madre, oh hija de tu hijo,
la más humilde y alta criatura
del eterno saber término fijo …. (Par. XXXIII)
XIII
Vino luego el diluvio de libros acerca del poeta y su trilogía. Algunos han pretendido encontrar el primer diseño por lo menos de la divina Beatriz, ya en la mística de la vieja Alemania, ya en el ideal caballeresco de la Edad Media, y también en la poesía de Provenza, cuyo tema sustancial y ficticio a veces fue siempre el amor a la dama, a la señora de poetas y caballeros. En Beatriz se halla eso mismo y mucho más; no solo lo que se desborda de los judíos místicos de la Edad Media y de los árabes soñadores, sino también de San Bernardo, de Santo Tomás, quizás del Beato Raimundo Lulio: de los gigantes de la escuela. Sobre todas las concepciones que brotaron del fondo de aquellas edades de intenso amor y abnegación, nada hay comparable a Beatriz. Es la fresca realidad, que desde la flor purísima de la carne, sube en escalas ideales hasta la glorificación del símbolo, a lo angélico, a lo inmaterial, que tiene de aparición, de visión, desde la ternura a la sublimidad: una niña de ocho años, amada por un adolescente de nueve, amor imposible en la tierra; la nostalgia de este amor y su ternura que desfallece-, y por fin la muerte que redime a la amada, para trasladarla al Edén, donde espera al primer amante En los treinticinco años de amor en el proceso de la conversión del alma, recorre el genio los antros infernales y las húmedas playas del Purgatorio, y en tierras de ocaso de aquel país de tristeza, le espera Beatriz, para conducirle, después de una travesía de luz, hasta la Visión de la Trinidad.
La rápida observación de esta obra de prodigio nos convence de que, con ella, llegó el hombre al último término en la realidad de la belleza. De ahí la universalidad de esa obra en el tiempo y en el espacio. Los pueblos, que por grosero naturalismo, se alejaron de fuente tan inagotable de poesía, al cabo fueron a ella por irresistible impulso del alma que cede a la atracción de lo infinito. A punto de morir, Dante, apenas regresado de Venecia a Ravena, abrumado por el último de sus desengaños murió súbitamente, y quedaron ocultos los últimos cantos de su poema. No podía ser que los siglos quedasen privados de la totalidad de la epopeya del espíritu, que el dolorido proscrito reservaba para glorificación, en los últimos siglos. Y su alma, desde el país de la inmortalidad, hubo de volver para descubrimiento de esos perdidos cantos, que tienen el sello de ultratumba y la majestad del empíreo. En la apoteosis de la Divina Comedia, parte tuvo hasta el cielo. (Nota editorial: Se refiere al sueño donde Dante reveló la ubicación de estos últimos a su hijo).
XIV
Pero lo insuperable de la Comedia resulta la parte filosófica y teológica que la informan y esplendoran.
Acertó a descubrir y explicar la vasta y complicada máquina del universo y el destino de las criaturas:
Hacia a diversos puertos van su vía,
por el gran mar del ser, todos cada uno
a merced del impulso que lo guía (par. L);
el océano que la poesía greco-latina asemejó al espacio estrellado:
…. Nec morti esse locum, sed viva volare
sideris in numerum atque alto succedere coelo,
como cantó Virgilio. El discípulo procediendo así desde arriba, recorrió los círculos del conocimiento hasta penetrar en lo recóndito y arcano: en el orígen de los seres, su fin, su operación dentro de las normas divinas y en conjunción con la libertad racional, la génesis de las almas, el misterio de la justificación, el curso de la historia en los caminos providenciales, la unidad de la especie humana, su responsabilidad, y la inmortalidad del espíritu, como solución del problema de la vida; y la creación en el seno de la nada, el desenvolvimiento cósmico, las revoluciones estelares sujetas a períodos y derroteros; y por sobre la inmensa construcción material, intelectual y moral, los dogmas, última palabra de la sabiduría, que completan con la Trinidad y la Redención, el destino humano y su elevación a Dios.
En el régimen de la voluntad, la Comedia introduce un elemento nuevo, esencialmente cristiano, la conciencia, compañera y escudada por su pureza-la soberana, cuya dignidad no consciente sombra de rebeldía; la conciencia, fuerza ineludible, matemática de la justicia, para reglar el mundo de las relaciones, disponer el teatro de la historia y comparecer ante Dios.
¿Quién disputará a esta obra el secreto de su estructura? Se han fundado academias y cátedras para explicación y comentario de La Comedia, se levantan bibliotecas de glosas para descubrir el símbolo, el secreto del rey, el enigma del profeta, la ciencia cabalística de su intrincada concepción, la perspectiva y segundo plano de sus cuadros. El poema tiene la fecundidad sugeridora, que nos comunica su luz, sin perderla, a la manera del radio, milagro del mundo físico-, y nos ingiere su savia sin menoscabo de un átomo; y nos conduce, a impulso de sus alas, que con ello cobran más energía.
Hizo lentamente y labró los sillares de las terzinas, aprisionando en ellas, cristalizando en su nítida forma, la casi definitiva del verso italiano, el vigor del pensamiento y la fuerza y la harmonía de la dicción. Por la escalera de aquellos sillares, nadie se atrevió a subir ni es posible que otro genio huelle esas piedras sagradas, que tienen la venerable pátina de los siglos y amarillarán todavía como los trigos maduros al sol de innumerables estíos.
XV
¿Qué tuvo inclinaciones del lado de la sombra, en el gigantesco viaje? ¿qué no es posible seguirlo siempre por el camino de las tinieblas? Como escribió Ozanan, nos humilla a veces con su elevación vaporosa, y esto mismo acaece a poco de encantarnos con la sencillez de las sentencias, la diafanidad de la imagen o la gracia inocente de la fábula. Sus variaciones utilizan el recurso estético de la sorpresa, ora fulminando el rayo, ora aquietando las aguas del mar. Carlyle lo llamó montaña de fuego aprisionada por los hielos-, y Byron dijo que era tierno como un recental que buscaba a su madre. La antítesis y el contraste dan la nota culminante de su arte, no por espontáneo, menos exquisito.
Se le ha acusado de ingrato para con su patria ingrata. Mas, las veces numerosas en que recuerda a su adorada ciudad, demuestran la persistencia de su pasión por ella. Sus invectivas signo son de ternura en un hijo que ansiaba volver a su florida tierra. Del Infierno mismo dijo él que era obra de sabiduría y amor a Dios. Así, su ira reconcentrada contra su patria, se traduce en algunas de las estancias más bellas del poema.
¡Plegue a Dios que el poema soberano
en que su ardor pusieron cielo y tierra
y al poeta dejó pálido y cano,
venza la ingratitud que le destierra
del redil, donde, recental, dormía,
ajeno de los lobos a la guerra;
y otra vez, con más alta poesía,
vuelva el poeta a la sagrada fuente,
de su bautismo, do cantar solía. (Par XXV)
XVI
Para las generaciones de trovadores anacrónicos falsificadores de arte, para los artistas de enfermedad y de locura, versificadores flácidos y muelles, esta gran poesía de viril contextura que muestra la red de los nervios y el tumulto de la savia, la recia palpitación y la arquitectura de los músculos y los huesos, significa acusación contra la endeblez sin vértebras, el sonido sin ritmo y la sangre sin circulación.
La poesía y el arte después de Dante se han multiplicado, se han dispersado, se han pulverizado en innumerables formas, obedeciendo a las vacilaciones del gusto, a los caprichos del temperamento y a los artificios de la moda: suspirillos germánicos música sin ideas, formas que cubren la pequeñez de la concepción todo ello, aparece como mariposas que rodean a morir, el gran foco de luz del poema máximo y eterno.
La comparación, espejo que no engaña jamás, demostró a cuántas locas generaciones que la poesía no es un juego, sino fruto de meditación, diamante fundido al calor de alta potencia, para expansión, extensión e intensidad del pensamiento, que merced a esa lenta gestación puede recibir la luz del cielo en los tallados planos de sus prismas.
En la crisis actual, en esta Babel de las ideas que es también confusión de arte y de poesía, los mismos que intentamos el viaje al porvenir, que es la última tierra para la inteligencia, como dijo el numen Florentino, debemos también volver los ojos y el alma a la poesía que hizo La Vida Nueva y La Comedia Divina: su antigüedad es nuestro porvenir, porque esa antigüedad es viva, inmutable, soberana, de ayer, de hoy y de siempre; nos hallamos dentro de la jornada milenaria que anunció el poeta:
¡Vuelva la antigua poesía,
oh sacras musas! (Purg. I)
¡Y honrad al gran poeta:
surge su sombra ausente… (Inf. III)
XVII
¡Cuánta gloria para el genio inmortal, para Italia, para la espiritual Florencia, que esta fama que hoy renovamos, haya recorrido los siglos y llegado a todas las playas, en travesía no interrumpida. A estas tierras de barbarie, no adivinadas siquiera por él, que creyó desierto el océano que cerraban las columnas de Hércules, llegó primero el Adelantado Mayor, el Gran Almirante, -otro italiano, varón máximo y optimo que completó el planeta: con él vinieron, para imperio perdurable, el idioma divino de la Comedia y la nave capitana que al decir de un poeta nuestro (Darío) la gobernara un piloto inmortal, Miguel de Cervantes. Italia, la de Roger de Lauria, la de Marco Polo, la de Alejandro Farnesio, hermana es de la madre fecunda de Gonzalo de Córdova, de Vazco de Gama, de Balboa, Pinzón, Hernán Cortes, Magallanes, Pizarro y mil.
Nos bautizaron con un nombre italiano. América; nombre de un geógrafo ilustre que arrebató a Colón esa parte legítima de su gloria.
Virgilio, nacido en los aledaños de Mantua, en el rinconcillo de Andes, vive también aquí en la dulzura del idioma, en el ritmo de la inspiración que alienta al pie de la más excelsa cordillera del mundo, que por asombrosa correspondencia y asociación de ideas y sentimientos, se llama los Andes.
Italia, cuna de arte, trono de imperio, altar y cumbre, la divina Italia y su divino poeta encuentran patria de simpatía y morada de amor en estas tierras vírgenes, que en ondulación gigantesca de paisajes sorprendentes, desde la costa baja vestida de oro y púrpura, ascienden a coronarse de nieve, concentrando la maravilla de todas las zonas. En esta capital, que parece llegar al cielo para recibir sus caricias y desplegarse en flores, en esta cima excelsa, desde donde se endereza hacia las cercanas estrellas el ojo centuplicado de Galileo, una nación latina se congrega para renovar los cultos seculares del primogénito de la poesía, del genio único que comprendía el aspecto trascendental de la humanidad; y a una sola voz brotada de un solo corazón, aclama a Dante, a Italia y a Florencia.

(*) Remigio Crespo Total: Poeta, escritor y jurisconsulto cuencano, 1860-1939.
Fuente: Discurso para el Centenario de Dante Alighieri, 1921, leído en Quito, por encargo del autor, por el Sr. Francisco Guarderas, en la solemnidad conmemorativa del respectivo Comité. Cuenca: Universidad del Azuay, 1922. 33 p.
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