Manifiesto contra el trabajo (*)
1. El dominio del trabajo
muerto
«Todos
deben poder vivir de su trabajo, dice el principio planteado. Poder vivir está,
por tanto, condicionado por el trabajo, y no existirá tal derecho, si no se
cumple esta condición.»
Johann Gottlieb Fichte, Fundamentos del derecho natural según los principios de
la doctrina de la ciencia, 1797
Un cadáver domina la sociedad, el cadáver del
trabajo. Todos los poderes del planeta se han unido para la defensa de este
dominio: el Papa y el Banco Mundial, Tony Blair y Jörg Haider, los sindicatos y
los empresarios, los ecologistas alemanes y los socialistas franceses. Todos
conocen una única consigna: ¡trabajo, trabajo, trabajo!
A quien todavía no se haya olvidado de pensar, no le resultará difícil
darse cuenta de la inconsistencia de una posición semejante. Pues la sociedad
dominada por el trabajo no está pasando por una crisis temporal, sino que está
llegando a sus límites absolutos. La
producción de riquezas se está alejando cada vez más —en una medida que hasta
hace pocas décadas sólo era concebible en la ciencia-ficción— del uso de mano
de obra humana como consecuencia de la revolución microelectrónica. Nadie puede
afirmar seriamente que este proceso se vaya a parar o que tenga marcha atrás.
La venta de la mercancía mano de obra va a ser tan prometedora en el siglo XXI
como la de sillas de posta en el XX. Sin
embargo, en esta sociedad, a quien no puede vender su mano de obra se le
considera «excedente» y se le manda al vertedero social.
¡El que no trabaje, no come! Esta cínica fórmula todavía es válida, y
hoy en día incluso más, porque se vuelve irremisiblemente obsoleta. Es absurdo: la sociedad nunca ha sido tan sociedad del trabajo como
en un momento en que el trabajo se está haciendo innecesario. Es precisamente en el momento de su muerte
cuando el trabajo se revela como un poder totalitario que no admite otro dios a
su lado. Determina el pensar y el
actuar hasta en los poros de la cotidianidad y la psique. No se ahorran esfuerzos para prolongar
artificialmente la vida del ídolo trabajo. El grito paranoico de «empleo»
justifica que se fuerce incluso la destrucción, hace tiempo conocida, de los
fundamentos de la naturaleza. Cuando se abre la perspectiva de un par de
miserables «puestos de trabajo», se permite dejar de lado acríticamente los
últimos obstáculos a la comercialización total de todas las relaciones
sociales. Y se ha convertido en un acto
de fe comúnmente exigido la idea de que es mejor tener «cualquier» trabajo que
ninguno.
Cuanto más patente es que la sociedad del trabajo
está llegando a su final definitivo, con tanta más violencia se oculta ese
final a la conciencia pública. Los métodos de ocultación pueden ser tan
distintos como se quiera, pero tienen un denominador común: el hecho mundial de
que el trabajo se evidencia como un fin absoluto irracional, que se ha hecho
obsoleto a sí mismo, es redefinido con la terquedad de un sistema enloquecido
como el fracaso personal o colectivo de individuos, empresas o «enclaves». El
límite objetivo del trabajo debe parecer, pues, un problema subjetivo de los
excluidos.
Si para unos el paro es el producto de
pretensiones desmesuradas, de falta de disposición a rendir y de flexibilidad;
los demás le reprochan a «sus» directivos y políticos incapacidad, corrupción,
codicia o traición a su enclave económico. Y al final todos acaban por
coincidir con el ex presidente federal alemán Roman Herzog: el país necesita de
un «empuje» que lo recorra de parte a parte, como si se tratase de un problema
de motivación de un equipo de fútbol o de una secta política. Todos tienen que
remar con fuerza «como sea», aun cuando haga tiempo que se le hayan escapado
los remos de las manos; y todos tienen que ponerse manos a la obra «como sea»,
aun cuando no quede nada (o sólo sinsentidos) que hacer. El trasfondo de este
triste mensaje es inequívoco: el que a pesar de todo no consiga la gracia del
ídolo trabajo, tendrá él mismo la culpa, y se le podrá prescribir y expulsar
sin problemas de conciencia.
Esta misma ley de la víctima humana tiene validez mundial. Las ruedas
del totalitarismo económico aplastan un país tras otro y demuestran así siempre
lo mismo: que éstos han contravenido las llamadas leyes del mercado. Al que no se «adapte» incondicionalmente y sin considerar las
pérdidas al transcurso ciego de la competencia total, le castigará la lógica de
la rentabilidad. Las bases de la esperanza de hoy son la basura económica de
mañana. A pesar de esto, los psicópatas económicos que nos dominan no se dejan
perturbar lo más mínimo por lo que se refiere a su explicación estrafalaria del
mundo. Ya se ha declarado deshechos sociales a tres cuartas partes, más o
menos, de la población mundial. Se hunde un enclave económico tras otro.
Después de los desastrosos «países en vías de desarrollo» del Sur y después de
la subdivisión de capitalismo de Estado de la sociedad mundial del trabajo en
el Este, han desaparecido asimismo en el infierno de la catástrofe los alumnos
ejemplares de la economía de mercado en el sudeste asiático. En Europa también
hace tiempo que se está extendiendo el pánico. Sin embargo, los jinetes de la
triste figura de la política y la dirección empresarial continúan su cruzada en
nombre del ídolo trabajo con tanto más ahínco.
2. La sociedad neoliberal del
apartheid
«El
bribón había destruido el trabajo, aun habiendo tomado el sueldo de un
trabajador; ahora tendrá que trabajar sin sueldo, imaginando para sí mismo en
la mazmorra la bendición del éxito y la ganancia [...] Tendrá que ser educado
para el trabajo honrado como acto personal libre mediante el trabajo forzado.»
Wilhelm Heinrich Riehl, El trabajo alemán, 1861
Una sociedad centrada en la abstracción
irracional trabajo desarrolla necesariamente una tendencia al apartheid social,
cuando el éxito en la venta de la mercancía trabajo se vuelve más una excepción
que la regla. Todas las fracciones del campo trabajo, que abarca a todos los
partidos, han aceptado hace tiempo secretamente esta lógica y colaboran con
entusiasmo en la misma. Ya no discuten sobre si se empuja a los márgenes a
partes cada vez más grandes de la población y se las excluye de toda
participación social, sino sólo sobre cómo imponer esta selección.
La fracción neoliberal confía, segura, el negocio sucio
social-darwinista a la «mano invisible» del mercado. Es en este sentido que se están recortando las redes estatales de
protección social para marginar, de la manera más silenciosa posible, a
aquellos que no son capaces de resistir la competencia. Sólo se reconoce como
ser humano al que pertenece a la hermandad de los sardónicos vencedores de la
globalización. Todos los recursos del planeta se usurpan, con toda naturalidad,
en nombre de la máquina capitalista autofinalista. Cuando ya no se puedan
emplear de manera rentable para ese fin, serán dejados en barbecho, aunque eso
suponga hambre para poblaciones enteras.
A la policía, las sectas salvadoras, la mafia y
las cocinas populares les tocará encargarse de esta molesta «basura humana». En los EEUU y casi todos los países de
Europa central hay más gente en las cárceles que en cualquier dictadura militar
mediana. Y en Latinoamérica los
escuadrones de la muerte de la economía de mercado matan diariamente a más
niños y pobres que a opositores en los peores momentos de represión política.
A los excluidos sólo les queda una función social: la del ejemplo aterrador. Su
destino ha de servir para que todos los que todavía están en «la carrera hacia
la tierra prometida» sigan aguijoneándose en el combate por los últimos puestos
de trabajo; y que incluso la masa de perdedores se mantenga en un trajín
incansable para que no se les ocurra rebelarse contra unas imposiciones tan
desvergonzadas.
Pero aun pagando el precio del autoempleo, este
nuevo mundo tan bonito de la economía de mercado totalitaria sólo prevé para la
mayoría un lugar como personas sumergidas en la economía sumergida. En tanto
que mano de obra más barata y esclavos democráticos de la «sociedad de
servicios» sólo les queda ponerse sumisamente al servicio de los vencedores
bien pagados de la globalización. A los nuevos «pobres trabajadores» se les
permite limpiarle los zapatos a los últimos hombres de negocios de la sociedad
feneciente del trabajo, venderles hamburguesas contaminadas o vigilarles sus
centros comerciales. Y quien haya dejado
su cerebro en el guardarropa puede incluso soñar con el ascenso a millonario de
servicios.
En los países anglosajones ese mundo de pesadilla
ya es realidad para millones de personas y, en cualquier caso, también en el
Tercer Mundo y en Europa oriental. Y en la tierra del euro parecen estar
decididos a recuperarse generosamente del retraso existente a este respecto. Los periódicos de economía especializados
ya no mantienen en secreto su idea del futuro ideal del trabajo: los niños del
Tercer Mundo limpiando parabrisas en cruces apestados son el ejemplo brillante
de «iniciativa empresarial» que tienen que hacer el favor de seguir los parados
en el desierto de servicios autóctono. «El ideal del futuro es el individuo
como administrador de su propia mano de obra y de su previsión existencial»,
escribe la Comisión sobre Cuestiones de Futuro de los Estados Libres de Baviera
y Sajonia. Y: «La demanda de servicios sencillos relacionados con las personas
será mayor cuanto menos cuesten los servicios, es decir, cuanto menos gane el
que los presta». En un mundo en donde a
la gente todavía le quedase un mínimo de dignidad esta afirmación provocaría
una revuelta social. En un mundo de animales de trabajo domesticados sólo lleva
a un asentimiento desvalido.
3. El apartheid del Estado
neosocial
«Cualquier
trabajo es mejor que ninguno.»
Bill Clinton, 1998
«Ningún
trabajo es tan duro como ninguno.»
Lema de una exposición de carteles de la Oficina Federal de Coordinación de las
Iniciativas de Parados de Alemania, 1998
«El
trabajo voluntario debería ser recompensado, no retribuido [...] Pero quien
realiza un trabajo voluntario se libra además de la mácula del paro y del
receptor de ayuda social.»
Ulrich Beck, El alma de la democracia, 1997
A las fracciones antineoliberales del campo trabajo, en el conjunto de
la sociedad, tal vez no les guste mucho esta perspectiva, pero también tienen
muy claro que un ser humano sin trabajo no es un ser humano. Anclados con
nostalgia en la era de posguerra del trabajo fordista de masas, no piensan en
otra cosa que en resucitar esos tiempos pasados de la sociedad del trabajo. El Estado se tendría que volver a encargar de aquello que el mercado
no puede cubrir. La pretendida normalidad de la sociedad del trabajo se tendría
que seguir simulando con «programas ocupacionales», trabajos forzados comunales
para receptores de ayudas sociales, subvenciones a enclaves económicos,
endeudamiento y otras medidas políticas. Esta planificación estatal del trabajo
reavivada sin convicción no tiene la menor posibilidad de éxito, pero sigue
siendo el punto de referencia ideológico para amplias capas de la población
amenazadas por el desmoronamiento. Y justamente por la desesperanza en la que
se fundamente, la práctica que se deriva de la misma es cualquier cosa menos emancipadora.
La transformación ideológica del «trabajo escaso»
en el primer derecho del ciudadano excluye, consecuentemente, a todos los
no-ciudadanos. La lógica social de selección no es, por lo tanto, cuestionada,
sino definida de otra manera: la lucha por la supervivencia individual será
suavizada mediante criterios étnico-nacionalistas: «calandrias autóctonas sólo
para los autóctonos», grita el espíritu del pueblo reencontrado de nuevo en
comunidad gracias al amor perverso al trabajo. El populismo de derechas no le
pone reparos a esta conclusión. Su crítica a la sociedad de la competencia sólo
conduce a la limpieza étnica en las zonas en retroceso de la riqueza
capitalista.
Frente a esto, el nacionalismo moderado de cuño
socialdemócrata o verde quiere que los inmigrantes laborales de larga duración
cuenten como los autóctonos e incluso darles la nacionalidad, si demuestran un
buen comportamiento agradecido y garantizan su mansedumbre. Claro que así se
puede legitimar popularmente tanto mejor la exclusión acentuada de refugiados
del Sur y del Este, y realizarla tanto más silenciosamente; naturalmente, todo
envuelto siempre en un torrente de palabras de humanidad y civismo. La caza
humana de «ilegales» que se quieren hacer con puestos de trabajos nacionales,
no debería dejar, en la medida de lo posible, feas manchas de sangre y fuego en
suelo alemán. Para eso está la policía de fronteras, la policía nacional y los
países parachoques del territorio Schengen, que lo solucionan todo según la ley
y el derecho y tanto mejor si están lejos las cámaras de televisión.
La simulación estatal del trabajo ya es violenta
y represiva de por sí. Está al servicio de la voluntad incondicional de
mantener con todos los medios disponibles el dominio del ídolo trabajo aun
después de su muerte. Este fanatismo burocrático-laboral no permite a los
excluidos, a los parados y a los carentes de oportunidades, y a los que se
niegan a trabajar por buenos motivos, disfrutar de un poco de tranquilidad ni
siquiera en los resquicios restantes, ya de por sí lamentablemente estrechos,
del Estado social en descomposición. Trabajadores sociales y mediadores de
empleo les arrastrarán bajo las lámparas de interrogatorio estatales, y se
verán obligados a humillarse públicamente ante el trono del cadáver reinante.
Si ante los tribunales suele valer el principio
de «inocente mientras no se demuestre lo contrario», en este caso el peso de
las pruebas se invierte. Si en el futuro no quieren vivir del aire y del amor
al prójimo, los excluidos tendrán que aceptar cualquier trabajo sucio y de
esclavos y cualquiera de las «medidas de ocupación», por muy absurda que
parezca, para demostrar su disposición incondicional a trabajar. Da igual si la
tarea que han de realizar sólo tiene un sentido remoto o si representa una
absurdidad absoluta. Lo importante es que sigan en movimiento permanente para
que no olviden cuál es la ley que rige sus vidas.
Antes los hombres trabajaban para ganar dinero.
Hoy en día el Estado no repara en gastos para que miles de personas simulen el
trabajo desaparecido en peregrinos «talleres de entrenamiento» y «empresas
ocupacionales», a fin de mantenerse en forma para «puestos de trabajo» normales
que no van a conseguir nunca. Cada vez se inventan «medidas» nuevas y más
estúpidas solamente para hacer ver que la calandria social, que gira vacía,
puede seguir funcionando eternamente. Cuanto menos sentido tiene la obligación
de trabajar, tanto más brutalmente se machaca a la gente con que tiene que
ganarse el pan con el sudor de su frente.
Desde este punto de vista, el «nuevo laborismo» y
sus imitadores en el mundo entero han demostrado ser del todo compatibles con
el modelo neoliberal de la selección social. Mediante la simulación de
«ocupación» y ese querer aparentar un futuro positivo de la sociedad del
trabajo se crea la legitimación moral para enfrentarse con mayor dureza a los
parados y a los que se niegan a trabajar. Al mismo tiempo, el trabajo forzoso
estatal, las subvenciones a los sueldos y los llamados «trabajos voluntarios no
remunerados» rebajan cada vez más los costes laborales. De esa forma, se
favorece un sector creciente de sueldos bajos y trabajo de miseria.
La llamada política laboral activa, según el
modelo «new labour», ni siquiera preserva a los enfermos crónicos y las madres
solteras con niños pequeños. Quien reciba ayuda del Estado no se librará de las
asfixiantes garras de la burocracia hasta llegar al nicho con su nombre
estampado. El único sentido de esta persistencia impertinente es desanimar al
máximo de gente posible de realizar reclamaciones al Estado, y enseñar a los
excluidos instrumentos de tortura tan repugnantes que hagan aceptable, en
comparación, cualquier trabajo miserable.
Oficialmente, el Estado paternalista empuña el
látigo sólo por amor y siempre con la intención de educar con rigor a sus hijos
considerados «mandrosos», en nombre de un futuro mejor para ellos. En realidad, todas las medidas pedagógicas
tienen única y exclusivamente el fin de sacar a los clientes a palos de su
casa. ¿Qué otro significado podría tener obligar a los parados a trabajar
en la recogida de espárragos? El objetivo es que desbanquen allí a los
trabajadores polacos, que sólo se conforman con el salario de miseria porque al
cambio les supone una retribución aceptable en casa. Pero a los trabajadores
forzados ni se les ayuda ni se les abren nuevas «perspectivas laborales» con
estas medidas. Y también para los dueños de los campos de espárragos resultan
sólo una fuente de problemas los desganados doctores y trabajadores
especializados con los que son agraciados. Pero si después de una jornada de
trabajo de doce horas en la tierra madre alemana, a alguien se le ocurre, de
pura desesperación, que igual no estaría tan mal la idea de abrir un puesto de
perritos calientes, la «ayuda a la flexibilización» habrá demostrado el efecto
neobritánico deseado.
4. Agudización y desmentido de
la religión del trabajo
«El
trabajo, por muy mammónico y vil que sea, está siempre en relación con la
naturaleza. Ya el deseo de desempeñar un trabajo conduce cada vez más a la
verdad y a las leyes y prescripciones de la naturaleza, las cuales son verdad.»
Thomas Carlyle, Trabajar y no desesperarse, 1843
El nuevo fanatismo del trabajo, con el que la
sociedad reacciona a la muerte de su ídolo, es la continuación lógica y el
capítulo final de una larga historia. Desde
los días de la Reforma, todas las fuerzas pilares de la modernización
occidental han predicado la santidad del trabajo. Sobre todo en los últimos 150
años, todas las teorías sociales y corrientes políticas han estado
prácticamente poseídas por la idea del trabajo. Socialistas y conservadores,
demócratas y fascistas se han combatido a muerte; pero a pesar de toda esta
hostilidad mortal, han adorado siempre al ídolo trabajo. «Apartad a los
holgazanes», dice el texto de «La Internacional» [en su versión alemana, N. del
T.]; «el trabajo libera» resonaba atrozmente desde el portón de entrada de
Auschwitz. Fueron las democracias plurales de posguerra las que apostarían de
verdad a fondo por la dictadura perpetua del trabajo. Incluso la constitución de la católica Baviera adoctrina a los
ciudadanos en un sentido completamente pegado a la tradición de Lutero. «El
trabajo es la fuente del bienestar del pueblo y está bajo la especial
protección del Estado». A finales
del siglo XX prácticamente se han evaporado todos los antagonismos ideológicos.
Sólo ha quedado el dogma común, inmisericorde, del trabajo como destino natural
del ser humano.
Hoy en día la realidad misma de la sociedad del
trabajo desmiente ese dogma. Los sacerdotes de la religión del trabajo siempre
han predicado que el hombre, según su supuesta naturaleza, es un animal
laborans. No se hace hombre hasta que, cual Prometeo, somete la materia natural
a su voluntad y se realiza en sus productos. Este mito del conquistador del
mundo y del demiurgo, con una misión que cumplir, siempre ha sido una burla al
carácter del proceso moderno del trabajo, pero pretendía haber poseído un
sustrato real en tiempos de los capitalistas-inventores de la talla de Siemens
o Edison y sus plantillas de trabajadores especializados. Entretanto, este
gesto se ha vuelto completamente absurdo.
Quien hoy en día se pregunte todavía por el contenido, el sentido y el
fin de su trabajo, o se vuelve loco o en factor perturbador del funcionamiento
autofinalista de la máquina social. El homo faber antes orgulloso de su trabajo
que, a su manera torpe, se tomaba aún en serio lo que hacía, se ha quedado tan
anticuado como una máquina de escribir mecánica. El molino tiene que seguir girando a cualquier precio, y con eso
basta. Para la búsqueda de sentido están los departamentos de publicidad y
ejércitos enteros de animadores y psicólogos de empresa, asesores de imagen y
camellos. Pero cuando se parlotea continuamente de motivación y creatividad lo
único seguro es que no queda nada de ninguna de las dos, a no ser como
autoengaño. Por eso la capacidad de autosugestionarse, de venderse a sí mismo y
la simulación de competencia figuran hoy en día entre las virtudes más
importantes de directivos y especialistas, estrellas de los media y contables,
maestros y vigilantes de aparcamientos.
Con la crisis de la sociedad del trabajo también ha quedado
completamente en ridículo la afirmación de que el trabajo es una necesidad
eterna, impuesta a los hombres por la naturaleza. Desde hace siglos se predica que hay que rendir culto al ídolo
trabajo, aunque sólo sea porque las necesidades no se pueden satisfacer por sí
mismas sin el esforzado quehacer humano. Y que la meta de todo el montaje del
trabajo sería satisfacer las necesidades. Si esto fuera verdad, la crítica del
trabajo tendría tan poco sentido como la crítica de la fuerza de la
gravitación. ¿Pero cómo una «ley natural» de verdad iba a poder entrar en
crisis o, incluso, desaparecer? A los portavoces del campo social trabajo
—desde los locos del rendimiento neoliberales, devoradores de caviar, hasta los
sindicalistas de barrigón cervecero— la pseudonaturaleza del trabajo les hace
enfrentarse a dificultades argumentativas. ¿O cómo quieren, si no, explicar que
tres cuartas partes de la humanidad se hundan en la necesidad y la miseria sólo
porque el sistema de la sociedad del trabajo ya no necesita su trabajo?
No es ya la maldición del Antiguo Testamento —«comerás el fruto del
sudor de tu frente»— la que pesa sobre los excluidos, sino una nueva perdición,
esta sí inexorable: «no comerás, porque tu sudor no es necesario y es
invendible». ¿Y se supone que esto es una ley natural? No es más que un principio
social irracional, que se presenta como imperativo natural porque, durante
siglos, ha destruido o ha sometido todas las demás formas de relación social,
poniéndose a sí mismo como absoluto. Es la «ley natural» de una sociedad que se
tiene por sumamente «racional», pero que en verdad sólo sigue la racionalidad
finalista de su ídolo trabajo, a cuyas «exigencias circunstanciales» está
dispuesta a sacrificar sus últimos restos de humanidad.
5. El trabajo es un principio
social coercitivo
«De ahí
que el obrero se sienta en su casa fuera del trabajo y en el trabajo fuera de
sí. Está en casa cuando no trabaja, y cuando trabaja no está en casa. Su
trabajo, por lo tanto, no es voluntario, sino obligado, trabajo forzado. No es,
por lo tanto, la satisfacción de una necesidad, sino sólo un medio para
satisfacer necesidades fuera de éste. Su carácter ajeno lo pone de relieve el
hecho de que, tan pronto deja de existir alguna coacción física o de cualquier
otro tipo, se huye del trabajo como de la peste.»
Karl
Marx, Manuscritos económico-filosóficos, 1844
El trabajo no significa de ninguna manera que las
personas transformen la naturaleza o se relacionen entre sí por su actividad.
Mientras haya gente, se construirán casas, se producirán alimentos, vestidos y
otras muchas cosas, se criará a los niños, se escribirán libros, se discutirá,
se cultivarán huertos, se compondrá música y muchas más cosas por el estilo.
Esto es algo banal y obvio. Lo que no es
obvio es que la actividad humana por excelencia, el puro «empleo de fuerza de
trabajo», sin importar su contenido, de forma totalmente independiente de las
necesidades y de la voluntad de los implicados, sea elevado a un principio
abstracto que domina las relaciones sociales.
En las antiguas sociedades agrarias había todo
tipo de formas de dominio y de relaciones de dependencia personal, pero ninguna
dictadura de la abstracción trabajo. Las actividades de transformación de la
naturaleza y de las relaciones sociales no tenían, desde luego, un carácter
autodeterminado, pero tampoco estaban subordinadas a la «venta de fuerza de
trabajo», sino que más bien estaban imbricadas en complejos sistemas de reglas
de prescripciones religiosas, de tradiciones sociales y culturales de
obligaciones recíprocas. Cada actividad tenía su momento y su lugar especial;
no había una forma de actividad general-abstracta.
Fue el sistema productor de mercancías, con su
fin absoluto de la transformación incesante de energía humana en dinero, el que
hizo surgir por primera vez una esfera «separada» del resto de relaciones, que
hacía abstracción de cualquier contenido, el llamado trabajo: la esfera de la
actividad no independiente, incondicional, sin relación con nada y robotizada,
ajena al contexto social restante y obediente a una racionalidad final
«empresarial» abstracta más allá de las necesidades. En esa esfera separada de
la vida, el tiempo deja de ser tiempo vivo y vivido. Se convierte en una mera
materia prima que debe aprovecharse óptimamente: «el tiempo es dinero». Cada
segundo cuenta, cada ida al lavabo es motivo de enfado, cada cruce de palabras
con los compañeros, un crimen contra el fin de producción independizado. Allá donde se trabaje, sólo se puede hacer
uso de energía abstracta. La vida tiene lugar en otro sitio, o en ninguno,
porque el ritmo del trabajo se adueña de todo. A los niños se les adiestra para
el tiempo, para que después sean «laboralmente aptos». Las vacaciones sólo
sirven para reproducir la «fuerza de trabajo». E incluso cuando comemos,
salimos por las noches o amamos suena el reloj de fondo.
En la esfera del trabajo no cuenta lo que se hace, sino que el hacer
se haga como tal, puesto que el trabajo es un fin absoluto en la medida en que
es portador de la explotación del capital-dinero: la multiplicación infinita
del dinero por mor de sí mismo. El trabajo es la forma de actividad de este fin
absoluto absurdo. Sólo por eso, no por causas objetivas, todos los productos se
producen como mercancías. Porque sólo así representan la abstracción dinero,
cuyo contenido es la abstracción trabajo. En esto consiste el mecanismo de la
calandria social independizada, en la que está presa la humanidad.
Y por eso mismo, el contenido de la producción es tan indiferente como
el uso de las cosas producidas y como sus consecuencias sociales y naturales.
Que se construyen casas o se fabrican minas antipersona, que se impriman libros
o se cosechen tomates transgénicos, si por eso la gente se pone enferma o sólo
se estropea un poco el sabor, todo eso no tiene transcendencia mientras, de la
manera que sea, la mercancía se convierta en dinero y el dinero en nuevo trabajo.
Que la mercancía exija un uso concreto y que éste sea destructivo le es
completamente indiferente a la racionalidad empresarial, ya que para ésta un
producto sólo es el resultado de trabajo pasado, de «trabajo muerto».
La acumulación de «trabajo muerto» como capital, representado con la
forma dinero, es el único sentido que conoce el sistema moderno productor de
mercancías. ¿«Trabajo muerto»? ¡Una locura metafísica! Sí, pero una metafísica
convertida en realidad al alcance de la mano, una locura cosificada que tiene
cogida por el cuello a esta sociedad. Las personas no se relacionan como seres
sociales conscientes en el eterno comprar y vender, sino que ejecutan como
autómatas sociales el fin absoluto que les ha venido impuesto.
6. Trabajo y capital son las
dos caras de una misma moneda
«El
trabajo reúne cada vez más buena conciencia de su parte: la inclinación por la
alegría ya se llama “necesidad de descansar” y empieza a avergonzarse
de sí misma. “Cada uno es responsable de su propia salud”, se dice
cuando se nos sorprende en una excursión campestre. Pronto se podría llegar al
punto en el que uno no pueda ceder a la inclinación por una vida contemplativa
(es decir, irse de paseo con pensamientos y amigos) sin despreciarse a sí mismo
y sin remordimientos de conciencia.»
Friedrich
Nietzsche, El ocio y la ociosidad, 1882
La izquierda política siempre ha rendido honores al trabajo con
especial celo. No sólo ha elevado el trabajo a esencia del ser humano, sino que
también lo ha mistificado así a supuesto principio opuesto al capital. El
escándalo no era para ella el trabajo, sino meramente su explotación por el
capital. Por eso el programa de todos los «partidos de trabajadores» era la
«liberación del trabajo» y no «liberarse del trabajo». La oposición social
entre capital y trabajo, sin embargo, no es más que una mera oposición de
intereses distintos (con poderes ciertamente también distintos) dentro del fin
absoluto capitalista. La lucha de clases fue la forma de poner en juego esos
intereses contrapuestos en el campo social común del sistema productor de
mercancías. Pertenecía a la dinámica interna de explotación del capital. Da
igual que la lucha se tuviera que centrar en los sueldos, derechos, condiciones
laborales o puestos de trabajo: su ciega condición previa siguió siendo siempre
la calandria dominante con sus principios irracionales.
Desde la perspectiva del trabajo, el contenido
cualitativo de la producción cuenta tan poco como desde la perspectiva del
capital. Lo que interesa es únicamente la posibilidad de vender óptimamente la
fuerza de trabajo. No se persigue la determinación común del sentido y fin del
propio quehacer. Si alguna vez se tuvo la esperanza de que tal determinación
autónoma de la producción se podía hacer real en las formas del sistema de
producción de mercancías, la «mano de obra» se ha quitado ya hace tiempo tal
ilusión de la cabeza. De lo único de lo que se trata ya es de «puestos de
trabajo», de «ocupación»; los propios conceptos demuestran ya el carácter de
fin en sí mismo de todo el montaje y la falta de poder de decisión para los
partícipes.
Qué, para qué y con qué consecuencias se produce
le importa tan poco al vendedor de la mercancía fuerza de trabajo, en última
instancia, como al comprador. Los obreros de las centrales atómicas y de las
fábricas químicas cuando más airadamente protestan es cuando se habla de
desactivar sus bombas de relojería. Y los «empleados» de Volkswagen, Ford o
Toyota son los más fanáticos partidarios de los programas de suicidio
automovilístico. Y no meramente porque se tengan que vender obligatoriamente
para que se les «permita» vivir, sino porque se identifican ciertamente con
esta existencia estúpida. Para sociólogos, sindicalistas, sacerdotes y otros
teólogos profesionales de la «cuestión social», todo esto sirve de demostración
del valor ético-moral del trabajo. El
trabajo forma la personalidad, dicen. Tienen razón. La personalidad de zombis de la producción de mercancías que no son
capaces ya de imaginarse una vida fuera de su «calandria» tan amada, para la
que se preparan cada día.
Sin embargo, la clase obrera como clase obrera ha
sido en tan poca medida la contradicción antagonista y el sujeto de la
emancipación humana como, por otro lado, los capitalistas y directivos han
dirigido la sociedad por la maldad de una voluntad subjetiva de explotación. Ninguna casta dominante de la historia ha
llevado una vida tan esclava y deplorable como los acosados directivos de
Microsoft, Daimler-Chrysler o Sony. Cualquier noble medieval los hubiese
menospreciado profundamente. Porque mientras éste se podía entregar al ocio
y dilapidar más o menos orgiásticamente su fortuna, las élites de la sociedad
del trabajo no se pueden permitir ni una pausa. Fuera de la calandria, tampoco
ellos saben qué hacer con sus vidas aparte de comportarse como niños; el ocio,
el amor al conocimiento y el placer de los sentidos les son a ellos tan ajenos
como a su material humano. Sólo son
siervos asimismo del ídolo trabajo, meras élites funcionales del fin absoluto
irracional de la sociedad.
El ídolo dominante sabe imponer su voluntad sin
sujeto sobre la «coacción sorda» de la competencia, ante la que también los
poderosos se tienen que arrodillar, justamente aunque estén dirigiendo cientos
de fábricas y moviendo sumas millonarias por todo el planeta. Y si no lo hacen,
se les quita de en medio con tan pocos miramientos como a la «mano de obra»
sobrante. Pero es justamente su propia falta de poder de decisión la que
convierte a los funcionarios del capital en inmensamente peligrosos, no su
voluntad subjetiva de explotación. Ellos son los que menos pueden permitirse
preguntarse por el fin y las consecuencias de su hacer infatigable; no se
pueden permitir sentimientos ni consideraciones. Por eso le llaman realismo
cuando desertizan el mundo, afean las ciudades y hacen que la gente empobrezca
en medio de la riqueza.
7. El trabajo es dominio
patriarcal
«La
humanidad se ha tenido que hacer cosas espantosas antes de conseguir crear el
sí mismo, el carácter idéntico, instrumental, masculino del ser humano, y algo
de eso se repite todavía en cada infancia.»
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración
Aunque la lógica del trabajo y su transformación
forzada en materia dinero puedan presionar en esa dirección, no todos los
ámbitos sociales y las actividades necesarias se dejan apresar en esa esfera
del tiempo abstracto. Por eso, junto con la esfera «independizada» del trabajo,
surgió, en cierto modo como su otra cara, también la esfera privada del hogar,
de la familia y de la intimidad.
En ese ámbito, definido como «femenino», se
quedan las actividades múltiples y cambiantes de la vida cotidiana que no se
pueden transformar en dinero o sólo en casos excepcionales: desde limpiar y
cocinar, pasando por la educación de los hijos y el cuidado de los mayores,
hasta el «trabajo del amor» del ama de casa de tipo ideal, que mima a su hombre
agotado por el trabajo y le sirve de «reserva afectiva». Es por eso que la
esfera de la intimidad, como la otra cara del trabajo, es declarada baluarte de
la «verdadera vida» por la ideología burguesa de la familia, aunque en realidad
la mayoría de las veces no sea más que un infierno íntimo. El asunto es que no se trata de una esfera de vida mejor y verdadera,
sino más bien de una forma igual de estúpida y limitada de la existencia, a la
que se ha adjudicado un designio distinto. Esta esfera también es producto del trabajo, aunque separado de éste,
pero sólo existente con relación a éste. Sin el espacio social separado de
la actividad «femenina» nunca hubiese podido funcionar la sociedad del trabajo.
Este lugar es su silenciosa condición previa y, al mismo tiempo, su resultado
específico.
Esto también vale para los estereotipos sexuales
que experimentaron su generalización con el desarrollo del sistema de
producción de mercancías. No es casual que se convirtiera en un estereotipo
extendido la imagen de la mujer de comportamiento natural e instintivo,
irracional y llevada por sus emociones de manera paralela a la del hombre
trabajador, creador de cultura, racional y con dominio sobre sí mismo. Y
tampoco es casualidad que la autopreparación del hombre blanco para las
exigencias del trabajo y de la administración estatal de recursos humanos se
viese acompañada durante siglos de una brutal «caza de brujas». También la
apropiación científica del mundo que comenzó al mismo tiempo estuvo contaminada
en sus raíces por el fin absoluto de la sociedad del trabajo y sus
prescripciones para cada género. De esta forma, el hombre blanco, para poder
funcionar sin dificultades, expulsó de sí todos los sentimientos y necesidades
emocionales que en el reino del trabajo sólo resultan factores molestos.
En el siglo XX, sobre todo en las democracias fordistas de posguerra,
las mujeres fueron integradas progresivamente en el sistema laboral. Sin
embargo, el resultado sólo ha sido una conciencia femenina esquizofrénica.
Pues, por un lado, la entrada de las mujeres en la esfera del trabajo no podía
traer una liberación, sino la misma disposición respecto al ídolo trabajo que los
hombres. Y por otro lado, la estructura de la «separación» continuó existiendo
y, con ella, también la esfera de las actividades definidas como «femeninas»
fuera del trabajo oficial. Las mujeres fueron sometidas, de esta manera, a una
doble carga y, a la vez, a imperativos sociales completamente contrapuestos. En
la esfera del trabajo siguen ocupando hasta el presente, en su mayoría, puestos
de trabajo peor pagados y subalternos.
Una lucha, conforme con el sistema, por cuotas y
oportunidades de carrera para mujeres no cambiará nada de esto. La lamentable
visión burguesa de la «compatibilidad de profesión y familia» deja intacta la
separación de esferas del sistema de producción de mercancías y, en
consecuencia, la estructura del «desdoblamiento». Para la mayoría de las
mujeres esa perspectiva es invivible; para una minoría de «mejores sueldos» se
convierte en una posición pérfida de ganadora en el apartheid social, al poder
delegar las tareas domésticas y el cuidado de los niños a empleadas
(«obviamente» mujeres) mal pagadas.
La sagrada esfera burguesa de la llamada vida privada y de la familia,
en realidad, se ve cada vez más mermada y degradada en la totalidad de la
sociedad, porque la usurpación de la sociedad del trabajo exige la totalidad de
la persona, entrega completa, movilidad y disponibilidad temporal total. El «patriarcado» no es abolido, se vuelve más salvaje en la crisis no
reconocida de la sociedad del trabajo. En la misma medida en que se derrumba el
sistema de producción de mercancías, se hace responsable a las mujeres de la
supervivencia en todos los ámbitos, mientras que el mundo «masculino» sigue
manteniendo de manera simulada las categorías de la sociedad del trabajo.
8. El trabajo es la actividad
de los incapacitados
La identidad entre trabajo y ausencia de poder decisorio se puede
demostrar no sólo fáctica, sino también conceptualmente. Hace unos pocos siglos
las personas eran conscientes de la relación entre trabajo e imposición social.
En casi todas las lenguas europeas el concepto «trabajo» se refiere
originalmente sólo a la actividad de la gente sin poder decisorio, de los
dependientes, los siervos y los esclavos.
En el ámbito lingüístico germánico se refería al trabajo ímprobo de un niño
huérfano y, por eso, caído en la servidumbre. En latín «laborare» significa
tanto como «sufrir una pesada carga» y se refiere, en síntesis, a los
padecimientos y vejaciones de los esclavos. Las palabras románicas «travail»,
«trabajo», etc., se derivan del latín «tripalium», una especie de yugo que se
empleaba para la tortura y castigo de esclavos u otras personas privadas de
libertad. En la expresión «el yugo del trabajo» aún resuena ese origen.
«Trabajo», por lo tanto, no es ni en su origen etimológico un sinónimo
de actividad humana autónoma, sino que se remite a un triste destino social. Es
la actividad de los que han perdido su libertad. La expansión del trabajo a
todos los miembros de la sociedad no es, en consecuencia, más que la
generalización de la dependencia servil; y la adoración moderna del trabajo, no
es más que la elevación casi religiosa de esta situación.
Estas circunstancias se pudieron ocultar con
éxito y se pudo interiorizar este despropósito social porque la generalización
del trabajo se vio acompañada de su «cosificación», a través del sistema
moderno de producción de mercancías: la mayoría de las personas ya no están
bajo el látigo de un solo señor. La dependencia social se ha convertido en un
conjunto de relaciones abstractas del sistema y, por lo tanto, se ha hecho
total. Se nota en todas partes y, precisamente por eso, apenas si se puede
concebir. Donde todos son siervos, son todos al mismo tiempo señores, en tanto
que cada uno es su propio tratante de esclavos y vigilante. Y todos obedecen al
ídolo invisible del sistema, al «gran hermano» de la explotación del capital
que los ha enviado bajo el «tripalium».
9. La historia de la imposición
sangrienta del trabajo
«El
bárbaro es perezoso y se diferencia del hombre culto en que se recrea en su
propia abulia, puesto que la educación práctica consiste justamente en el
hábito y en la necesidad de ocupación.»
Georg W. F. Hegel, Fundamentos de filosofía del derecho, 1821
«En el
fondo, ahora se siente [...] que semejante trabajo es la mejor policía, que
mantiene a todo el mundo a raya y que sabe cómo evitar con firmeza el
desarrollo de la razón, la concupiscencia y el deseo de independencia. Puesto
que emplea una cantidad enorme de energía nerviosa, la cual sustrae a las
actividades de meditar, ensimismarse, soñar, preocuparse, amar, odiar.»
Friedrich Nietzsche, Los aduladores del trabajo, 1881
La historia de la Modernidad es la historia de la imposición del
trabajo, que ha dejado tras de sí una inmensa huella de destrucción y horror en
todo el planeta; puesto que no siempre ha estado tan interiorizada como en el
presente la exigencia de empeñar la mayor parte de la energía vital en un fin
absoluto ajeno. Han hecho falta varios siglos de violencia pura en grandes
cantidades para que la gente, literalmente bajo tortura, acepte ponerse al servicio
incondicional del ídolo trabajo.
Al principio no estuvo la supuesta propagación
«favorecedora de la prosperidad» de las relaciones de mercado, sino el hambre
insaciable de dinero de los aparatos de Estado absolutistas para financiar las
primeras máquinas militares de la Modernidad. Sólo por el interés de estos
aparatos, que por primera vez en la historia conseguían inmovilizar
burocráticamente a toda la sociedad, se aceleró el desarrollo del capital
comercial y financiero de las ciudades más allá de las relaciones comerciales
tradicionales. Fue así como el dinero se convirtió, por primera vez, en un
asunto social central; y la abstracción trabajo, en un requisito social central
sin consideración de necesidades.
La mayoría de las personas no fueron voluntariamente
a la producción para mercados anónimos y, con ello, a una economía del dinero
generalizada, sino porque el hambre absolutista de dinero había monetarizado
los impuestos y los había elevado exorbitantemente. No tenían que ganar dinero
«para sí mismas», sino para el militarizado Estado de armas de fuego
premoderno, para su logística y su burocracia. Es de este modo y no de otro
como nació el absurdo fin absoluto de la explotación del capital y, con ésta,
el trabajo,
Pronto dejaron de ser suficientes los impuestos y las contribuciones
monetarias. Los burócratas absolutistas y los administradores
capitalista-financieros se dispusieron a organizar forzosamente a la gente como
material de una máquina social de transformación del trabajo en dinero. Se destruyeron
las formas tradicionales de vida y existencia de la población; no porque esta
población hubiese intentado «continuar su progreso» libre y autónomamente, sino
porque era necesaria como material humano de la máquina de explotación que se
había puesto en marcha. Se sacó a la gente de sus campos con la violencia de
las armas, a fin de hacer sitio para la cría de ovejas para las manufacturas de
lana. Se abolieron todos los derechos tales como la caza libre, la pesca y la
recogida de leña en los bosques. Y cuando las masas empobrecidas deambulaban
pidiendo limosna y robando por los campos, entonces se las encerraba en casas
de trabajo y manufacturas, para maltratarlas con máquinas de trabajo
torturadoras y para inculcarles a la fuerza la conciencia de esclavos de
animales de trabajo sumisos.
Pero tampoco esta transformación a empellones de
sus súbditos en el material del ídolo trabajo, productor de dinero, fue ni
mucho menos suficiente para los monstruosos Estados absolutistas. Extendieron
sus pretensiones también a otros continentes. A la colonización interna de
Europa le siguió otra externa, primero en las dos Américas y en partes de
África. Aquí los agentes de imposición del trabajo perdieron definitivamente
todas sus inhibiciones. Se lanzaron con campañas de saqueo, destrucción y
exterminio, hasta entonces nunca vistas, sobre los mundos «redescubiertos»; las
víctimas de allí ni siquiera tenían el valor de seres humanos. Las potencias
europeas, devoradoras de hombres, de la emergente sociedad del trabajo se
atrevían a definir las culturas extranjeras subyugadas como «salvajes» y…
antropófagas.
De esa forma, se dotaban de legitimidad para
eliminarlas o esclavizarlas a millones. La esclavitud literal en las
plantaciones y explotaciones de materias primas coloniales, que superó en sus
dimensiones incluso a la esclavitud de la Antigüedad, es uno de los crímenes
fundacionales del sistema de producción de mercancías. Por primera vez, se puso
en práctica a lo grande el «exterminio por el trabajo». Éste fue el segundo
pilar de la sociedad del trabajo. El hombre blanco, que ya era portador del
estigma de la autodisciplina, podía desfogar su odio reprimido a sí mismo y su
complejo de inferioridad con los «salvajes». Al igual que «la mujer», no eran
para él más que medio seres, entre animales y hombres, próximos a la naturaleza
y primitivos. Inmanuel Kant conjeturaba con agudeza que los papiones podrían
hablar si se lo propusieran, pero que no lo hacían porque tenían miedo de que
entonces se les mandase a trabajar.
Ese razonamiento grotesco hace recaer una luz
traidora sobre la Ilustración. El ethos del trabajo de la Modernidad, que hacía
referencia en su versión protestante originaria a la gracia de Dios —y desde la
Ilustración, a la ley natural— fue enmascarada como «misión civilizadora». En este sentido, cultura es la subordinación voluntaria al trabajo; y
el trabajo es masculino, blanco y «occidental». Lo contrario, la naturaleza
no-humana, informe y sin cultura es femenina, de color y «exótica»; y, por lo
tanto, se ha de someter a la coacción. En pocas palabras, el «universalismo» de
la sociedad del trabajo es, ya en sus raíces, profundamente racista –en el
sentido pésimo del término-. La abstracción universal trabajo sólo se puede
definir a sí mismo distanciándose de todo lo que no es absorbido por él.
Los pacíficos comerciantes de las antiguas rutas comerciales no fueron
los antecesores de la burguesía moderna, que, en definitiva, fue la heredera
del absolutismo. Fueron más bien los condotieros de las bandas de mercenarios
de principios de la Modernidad, los alcaides de las casas de trabajo y de las
penitenciarías, los recaudadores de impuestos, los tratantes de esclavos y
otros usureros los que prepararon la tierra madre para el «espíritu
empresarial» moderno. Las revoluciones burguesas de
los siglos XVIII y XIX no tuvieron nada que ver con la emancipación social;
sólo reubicaron las relaciones de poder dentro del sistema de coerción surgido,
liberaron las instituciones de la sociedad del trabajo de los caducos intereses
dinásticos e impulsaron su cosificación y despersonalización. Fue la gloriosa
Revolución Francesa la que anunció con un pathos especial el deber de trabajar
y la que introdujo nuevos correccionales de trabajo con una «Ley para la
erradicación de la mendicidad».
Esto era justo lo contrario de lo que perseguían
los movimientos sociales rebeldes que ardían en los márgenes de las
revoluciones burguesas, sin consumirse en ellas. Mucho antes ya se habían dado
formas autónomas de resistencia y de rechazo que no significan nada para la
historia oficial de la sociedad del trabajo y de la modernización. Los
productores de las antiguas sociedades agrarias, que nunca aceptaron tampoco
sin roces las relaciones de dominio feudales, no se querían resignar, con mucho
más motivo, a que se hiciese de ellos la «clase obrera» de un sistema de
relaciones ajeno a ellos. Desde las guerras campesinas de los siglos XV y XVI
hasta las revueltas de los movimientos luego denunciados como «los destructores
de máquinas», en Inglaterra, y el levantamiento de los obreros textiles de
Silesia, en 1844, sólo se sigue una única cadena de amargas luchas de
resistencia contra el trabajo. La imposición de la sociedad del trabajo y una
guerra civil, abierta a veces y latente otras, han ido durante siglos unidas.
Las antiguas sociedades agrarias eran cualquier
cosa menos paradisíacas. Pero la imposición espantosa de la sociedad del
trabajo que irrumpía en escena era vivida por la mayoría como un empeoramiento
y «tiempo de desesperación». De hecho, pese a la estrechez de la situación, la
gente tenía algo que perder. Lo que en la falsa conciencia del mundo moderno se
presenta como tinieblas y plagas de una Edad Media ficticia eran, en realidad,
los horrores de su propia historia.
En las culturas precapitalistas y no capitalistas, tanto dentro como fuera de
Europa, el tiempo diario y anual de actividad productiva era muy inferior
incluso al actual de los «empleados» modernos de fábricas y oficinas. Y esta
producción no era ni mucho menos tan condensada como en la sociedad del
trabajo, sino que estaba impregnada por una marcada cultura del ocio y de una
relativa «lentitud». Dejando de lado las catástrofes naturales, las necesidades
materiales primarias estaban mucho mejor cubiertas para la mayoría que en
largos periodos de la historia de la modernización; y, en cualquier caso, mejor
que en los suburbios espantosos del mundo en crisis actual. Tampoco el poder se
podía hacer tan presente hasta el último rincón como en la sociedad del trabajo
completamente burocratizada.
Por eso, la resistencia contra el trabajo sólo se
pudo quebrar militarmente. Hasta el presente, los ideólogos de la sociedad del
trabajo siguen fingiendo que la cultura de producción premoderna no «se
desarrolló» porque se ahogó en su propia sangre. Los actuales demócratas
declarados del trabajo prefieren achacar todos esos horrores a las
«circunstancias predemocráticas» de un pasado con el que no tendrían ya nada
que ver. No quieren reconocer que la prehistoria terrorista de la Modernidad
desvela traicioneramente la esencia también de la actual sociedad del trabajo.
La administración burocrática del trabajo y el registro estatal de personas en
las democracias industriales nunca pudo ocultar sus orígenes absolutistas y
coloniales. En la forma de la cosificación hacia un contexto sistémico
impersonal, la administración represiva de la gente en nombre del ídolo trabajo
incluso ha crecido y ha penetrado en todos los ámbitos de la vida.
Justo ahora, en plena agonía del trabajo, se
vuelve a sentir, como en los comienzos de la sociedad del trabajo, la garra
asfixiante de la burocracia. La administración del trabajo se desvela como el
sistema coercitivo que siempre ha sido, al organizar el apartheid social e
intentar conjurar, en vano, la crisis mediante esclavismo estatal democrático.
De manera similar, también regresa el espíritu maligno del colonialismo
mediante la administración económica impuesta en los países de la periferia,
arruinados, uno tras otro, por el Fondo Monetario Internacional. Tras la muerte
de su ídolo, la sociedad del trabajo vuelve a recurrir, en todos los sentidos,
a los métodos de sus crímenes fundacionales, los cuales, sin embargo, no podrán
salvarla.
10. El movimiento obrero fue un
movimiento por el trabajo
«El
trabajo tiene que empuñar el cetro, siervo debe ser sólo el que va ocioso, el
trabajo debe regir el mundo, porque solo él es el fundamento del mundo.»
Friedrich Stampfer, En honor al trabajo, 1903
El movimiento obrero clásico, que vivió su auge
mucho después del ocaso de las antiguas revueltas sociales, ya no luchaba
contra los abusos del trabajo, sino que desarrolló una sobreidentificación con
lo aparentemente inevitable. Lo que perseguía era sólo ya «derechos» y mejoras
dentro de la sociedad del trabajo, cuyas imposiciones hacía tiempo que había
interiorizado ampliamente. En vez de
criticar radicalmente la transformación de energía humana en dinero como fin
absoluto irracional, aceptó el «punto de vista del trabajo» y concibió la
explotación económica como un orden de cosas positivo y neutral.
Así, el movimiento obrero hacía suyo a su manera
la herencia del absolutismo, el protestantismo y la ilustración burguesa. De la desgracia del trabajo se
pasó al falso orgullo de trabajar, que redefinió como «derecho humano» la
domesticación propia en material humano del ídolo moderno. En cierta forma,
los parias domesticados del trabajo le dieron la vuelta ideológicamente a la
tortilla y desarrollaron un celo misionario, que les llevó a reclamar, por un
lado, el «derecho al trabajo para todos» y, por otro, a exigir el «deber de
trabajar para todos». La burguesía no fue combatida en tanto que portadora
funcional de la sociedad del trabajo, sino que, por el contrario, fue insultada
en nombre del trabajo por parasitaria. Todos los miembros de la sociedad, sin
excepciones, tenían que ser reclutados a la fuerza para «los ejércitos del
trabajo».
El movimiento obrero se convirtió así, él mismo, en pionero de la
sociedad capitalista del trabajo. Fue
él quien impuso los últimos escalones de la cosificación, en el proceso de
desarrollo del trabajo, contra los torpes portadores funcionales burgueses del
siglo XIX y principios del XX; de manera muy similar a como la burguesía se
había convertido en heredera del absolutismo un siglo antes. Esto fue sólo
posible porque los partidos obreros y los sindicatos, en el curso de su
idolatración del trabajo, fueron tomando una actitud positiva respecto al
aparato estatal y las instituciones de la administración represiva del trabajo,
las cuales no querían abolir, sino ocupar ellos mismos, en una especie de
«marcha a través de las instituciones». De esta manera hacían suya, lo mismo
que antes la burguesía, la tradición burocrática de gestión sociolaboral de las
personas iniciada con el absolutismo.
La ideología de la generalización social del
trabajo exigía, no obstante, también una situación política nueva. En lugar de
la división constante con «derechos» políticos distintos (por ejemplo, el
derecho de voto según el grupo impositivo), en la sociedad del trabajo a medio
imponer tuvo que irrumpir la igualdad democrática general del «Estado del
trabajo» consumado. Y las desigualdades en el funcionamiento de la máquina de
explotación, en tanto que ésta determinaba la totalidad de la vida social,
tuvieron que compensarse «social-estatalmente». El movimiento obrero también
proporcionó el paradigma para esto. Bajo el nombre de «socialdemocracia», se
convirtió en el «movimiento civil» más grande de la historia, que no podía ser
otra cosa que una trampa puesta a sí mismo. Porque en la democracia todo es negociable menos las imposiciones de la
sociedad del trabajo, que se presuponen de manera más bien axiomática. Lo
único que se puede discutir son las modalidades y maneras de aplicar dichas
imposiciones. No queda más que la
elección entre Ariel o Dixan, entre la peste y el cólera, entre ser un fresco o
un tonto, entre Kohl y Schröder.
La democracia de la sociedad del trabajo es el sistema de dominio más
pérfido de la historia: un sistema de auto-opresión. Por eso, esta democracia no organiza nunca la determinación libre de
los miembros de la sociedad sobre los recursos comunes, sino sólo la forma
legal de las mónadas trabajadoras, separadas unas de otras, que tienen que
dejarse la piel en el mercado compitiendo entre sí.
Democracia es lo contrario de libertad. Y así,
las personas trabajadoras democráticas acaban por degenerar, necesariamente, en
administradores y administrados, en empresarios y empleados, en élites
funcionales y material humano. Los partidos políticos, y principalmente los
partidos obreros, reflejan fielmente esta situación en su propia estructura.
Dirigentes y dirigidos, gente prominente y gente de a pie, líderes y
simpatizantes son muestra de una situación que nada tiene que ver con un debate
o una toma de decisiones abierta. Es un constituyente integral de esta lógica
del sistema que las propias élites no puedan más que ser funcionarios
heterónomos del ídolo trabajo y de sus resoluciones ciegas.
Como muy tarde desde los nazis, todos los
partidos son partidos de trabajadores y, al mismo tiempo, del capital. En las
«sociedades en vías de desarrollo» del Este y del Sur, el movimiento obrero
mutó en el partido terrorista de Estado de la modernización aún por hacer; en
Occidente, en un sistema de «partidos populares» con programas intercambiables
y figuras mediáticas representativas. La lucha de clases se ha acabado porque
se ha acabado la sociedad del trabajo. Las clases se muestran como categorías
sociales funcionales de un sistema fetichista común, en la misma medida en que
este sistema se extingue. Cuando la socialdemocracia, los verdes y los ex
comunistas se hacen un hueco en la administración de la crisis y diseñan
programas represivos especialmente mezquinos, entonces demuestran sólo que son
los herederos legítimos de un movimiento obrero que nunca ha querido otra cosa
que trabajo a cualquier precio.
11. La crisis del trabajo
«El
principio moral fundamental es el derecho de los hombres al trabajo [...] Según
mi parecer, no hay nada más abominable que una vida ociosa. Ninguno de nosotros
tiene derecho a algo semejante. En la civilización no hay sitio para gente
ociosa.»
Henry Ford
«El
capital es él mismo la contradicción en proceso [en tanto] que tiende a reducir
el tiempo de trabajo a un mínimo, mientras que, por otro lado, pone el tiempo
de trabajo como única medida y fuente de riqueza [...] Por una parte, en
consecuencia, llama a la vida a todos los poderes de la ciencia y la
naturaleza, así como de la combinación social y la circulación social, a fin de
hacer la creación de riqueza (relativamente) independiente del tiempo de
trabajo que haya exigido. Por otra parte, quiere medir esas enormes fuerzas
sociales, así creadas, según el tiempo de trabajo y encauzarlas en los límites
que se requieren para mantener como valor el valor ya conseguido.»
Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, 1857-58
Después de la Segunda Guerra Mundial, por un
breve momento histórico, pudo parecer como si la sociedad del trabajo en las
industrias fordistas se hubiese consolidado como un sistema de «prosperidad
eterna», en el que lo insoportable del fin absoluto coercitivo se pudiese
aliviar de manera permanente con el consumo de masas y el Estado social. Aparte
de que semejante idea fue siempre una fantasía democrática de parias, que sólo
se refería a una pequeña minoría de la población mundial, también iba a quedar
desacreditada en los centros. Con la tercera revolución industrial de la
microelectrónica, la sociedad del trabajo tropieza con su límite histórico
absoluto.
Era de prever que se llegaría antes o después a
ese límite. Porque el sistema de producción de mercancías adolece desde su
nacimiento de una contradicción incurable. Por un lado, vive de chupar energía
humana en cantidades masivas mediante la dilapidación de mano de obra en su
maquinaria, cuanta más mejor. Por otro lado, la ley de la competitividad
empresarial impone un crecimiento constante de la productividad, en la que la
fuerza de trabajo humana se sustituye con capital en forma de conocimientos
científicos.
Esta autocontradicción ya había sido la causa
profunda de todas las crisis anteriores, entre ellas la atroz crisis económica
mundial de 1929-33. Estas crisis, sin embargo, siempre se pudieron superar con
mecanismos de compensación: cada vez que se alcanzaba una cima de
productividad, después de un cierto tiempo de incubación y gracias a la
expansión de los mercados a más estratos de compradores, se volvía a engullir,
en términos absolutos, otra vez más trabajo del que antes se había eliminado
por motivos de racionalización. El empleo de mano de obra por producto se
reducía, pero en términos absolutos se producían más productos en una cantidad
que permitía sobrecompensar esta reducción. Mientras que la innovación de
productos superó a la innovación de procesos, se pudo traducir la
autocontradicción del sistema en un movimiento de expansión.
El ejemplo más característico es el del coche:
mediante las cadenas de montaje y otras técnicas de racionalización
«científica» del trabajo (aplicadas por primera vez en la fábrica de coches de
Henry Ford en Detroit) se reduce el tiempo de trabajo por coche al mínimo. A la
vez el trabajo se densifica prodigiosamente, de forma que el material humano es
mucho más esquilmado en el mismo lapso de tiempo.
De esta manera, se satisfacía en un grado mayor
el hambre insaciable de energía humana del ídolo trabajo, pese a la producción
en cadena racionalizada de la segunda revolución industrial del fordismo. Al
mismo tiempo, el coche es el ejemplo central del carácter destructivo de los
modos de producción y consumo altamente desarrollados de la sociedad del
trabajo. En interés de la producción masiva de coches y del transporte
individual masivo, se cubre de asfalto y se afea la naturaleza, se contamina el
medio ambiente y, con indiferencia, se toma por normal que en las carreteras
del mundo, un año sí y otro también, haga estragos una tercera guerra mundial
no declarada, con millones de muertos y lisiados.
Con la tercera revolución industrial de la
microelectrónica se desvanece el anterior mecanismo de compensación mediante
expansión. Aunque mediante la microelectrónica también se abaratan, por
supuesto, muchos productos y se crean otros nuevos (sobre todo en el ámbito de
la comunicación); por primera vez, el ritmo de innovación de procesos supera el
ritmo de innovación de productos. Por primera vez, se elimina más trabajo por
motivos de racionalización del que se puede reabsorber con la expansión de los
mercados. Como consecuencia lógica de la racionalización, la robótica
electrónica sustituye la energía humana y las nuevas tecnologías de
comunicación hacen el trabajo innecesario. Se arruinan sectores y ámbitos
enteros de la construcción, la producción, el marketing, el almacenamiento, la
distribución e incluso de la gestión. Por primera vez, el ídolo trabajo se
somete involuntariamente a sí mismo a una estricta dieta permanente. Y con ella
pone las bases de su propia muerte.
Dado que la sociedad democrática del trabajo
consiste en un autofinalista sistema madurado y autorregenerativo de consumo de
mano de obra, dentro de sus formas no es posible introducir un cambio hacia la
reducción generalizada del tiempo de trabajo. La racionalidad de la economía de
empresa exige que, por un lado, masas cada vez más numerosas se queden «sin
trabajo» de manera permanente y, de esta forma, se vean apartadas de la
reproducción de su vida inmanente al sistema; mientras que, por otro, el número
cada vez más reducido de «empleados» se vea sometido a unas exigencias de
trabajo y de rendimiento tanto mayores. En medio de la riqueza reaparecen la
pobreza y el hambre incluso en los propios centros capitalistas; una gran
cantidad de medios de producción y campos de cultivo intactos permanecen en
desuso; una gran cantidad de pisos y edificios públicos permanecen vacíos,
mientras que la mendicidad aumenta sin parar.
El capitalismo se está convirtiendo en un
espectáculo global para minorías. Empujado por la necesidad, el feneciente
ídolo trabajo se está autofagocitando. En busca de alimento laboral restante,
el capital hace saltar por los aires las fronteras de la economía nacional y se
globaliza en una competencia de suplantación nómada. Regiones enteras se ven
apartadas por las corrientes globales de capitales y mercancías. Con una ola
sin precedentes históricos de fusiones y «compras no amistosas», las
multinacionales se están armando para la última batalla de la economía de
empresa. Los Estados y naciones desorganizados implosionan; los pueblos
arrastrados a la locura por la lucha por la supervivencia, se lanzan a guerras
de bandidaje entre ellos.
12. El final de la política
La crisis del trabajo arrastra consigo
necesariamente la crisis del Estado y, en consecuencia, de la política. En
principio, el Estado moderno tiene que agradecerle su carrera al hecho de que
el sistema de producción de mercancías necesite una instancia superior que
garantice el marco de la competencia, los fundamentos legales y requisitos
generales de explotación, además de los aparatos represivos, por si se da el
caso de que el material humano, contraviniendo el sistema, se insubordinase. En
su forma más desarrollada de democracia de masas, en el siglo XX el Estado ha
tenido que hacerse cargo, de forma creciente, de tareas socioeconómicas. Entre
éstas figuran no sólo la red social, sino también los sistemas educativo y
sanitario, las redes de transporte y comunicación, infraestructuras de toda
clase que se han vuelto indispensables para el funcionamiento de la sociedad
industrial desarrollada del trabajo, pero que no se pueden organizar a su vez
como proceso de explotación económica empresarial. Porque estas
infraestructuras tienen que estar disponibles para toda la sociedad de manera
constante y espacialmente exhaustiva y, en consecuencia, no pueden regirse por
coyunturas de oferta y demanda del mercado.
Dado que, sin embargo, el Estado no es una unidad
autónoma de explotación y, por lo tanto, no puede convertir por sí mismo el
trabajo en dinero, se ve obligado a sacar dinero del proceso de explotación
real para financiar sus tareas. Si se agota la explotación, entonces se agotan
también las finanzas del Estado. El supuesto soberano social se muestra
completamente heterónomo frente a la economía ciega y fetichista de la sociedad
del trabajo. Puede promulgar todas las leyes que quiera; cuando las fuerzas
productivas crecen por encima del sistema del trabajo, el derecho positivo del
Estado se ve abocado a un vacío que sólo puede remitirse siempre a sujetos del
trabajo.
Un paro de grandes dimensiones en crecimiento
constante hace que se agoten los ingresos estatales procedentes de los
impuestos sobre los ingresos por trabajo. Las redes sociales se rompen en el
momento en que se llega a una masa crítica de «personas excedentes», a las que
sólo se puede seguir alimentando, en sentido capitalista, con la redistribución
de otras fuentes de ingresos. Con el rápido proceso de concentración del
capital durante la crisis, que sobrepasa las fronteras económicas nacionales,
también desaparecen los ingresos estatales por impuestos sobre las ganancias de
las empresas. Las multinacionales obligan a los Estados que compiten por las
inversiones a recurrir al dumping impositivo, al dumping social y al dumping
ecológico.
Es exactamente esta evolución la que hace mutar al Estado democrático
en un mero administrador de la crisis. Cuanto
más se acerca el estado de emergencia financiera, más se reduce a su núcleo
represivo. Las infraestructuras se hacen depender de las necesidades del
capital transnacional. Como pasaba antes en los territorios coloniales, la
logística social se restringe cada vez más a unos pocos centros económicos,
mientras que el resto se hunde en la miseria. Se privatiza todo lo que se puede
privatizar, aun cuando así se excluya a cada vez más gente de las prestaciones
de aprovisionamiento más elementales. Cuando la explotación del capital se
concentra en cada vez menor cantidad de islas del mercado mundial, deja de ser
importante cubrir de manera exhaustiva las necesidades de aprovisionamiento de
la población.
Mientras que no afecte a ámbitos directamente
relevantes de la economía, da igual si los trenes funcionan y las cartas
llegan. La educación se vuelve privilegio de los vencedores de la
globalización. La cultura espiritual, artística y teórica se hace depender de
las fluctuaciones del mercado y se extingue. El sistema sanitario se hace
infinanciable y degenera en un sistema de clases. De una forma velada y oculta,
primero, y después abiertamente, entra en vigor la ley de la eutanasia social:
puesto que eres pobre y «sobras», te tienes que morir antes.
A pesar de que todos los conocimientos,
capacidades y medios de la medicina, la educación, la cultura y la
infraestructura general están a disposición en gran abundancia, éstos se
mantienen bajo llave, se desmovilizan y se desguazan, conforme a la irracional
ley de la sociedad del trabajo objetivada en «reservas de financiación»; y lo
mismo pasa con los medios de producción industriales y agrarios que ya no se
pueden presentar como «rentables». Aparte de la simulación represiva del trabajo
mediante formas de trabajo forzado y mal pagado, y del desmontaje de todas las
prestaciones sociales, el Estado democrático, transformado en sistema de
apartheid, no tiene nada más que ofrecer a sus ex ciudadanos trabajadores. En un estadio posterior termina por caer la
propia administración del Estado. Los aparatos del Estado degeneran en una
cleptocracia corrupta, el ejército en bandas armadas mafiosas y la policía en
salteadores de caminos.
Ninguna política del mundo puede frenar o revertir esta evolución.
Puesto que la política, por su esencia, es un accionar respecto al Estado que,
bajo las condiciones de la desestatalización, se queda sin objeto. La fórmula democrática de la izquierda de «configuración política» de
las circunstancias se desacredita cada día más. Aparte de represión permanente,
desmontaje de la civilización y disposición a auxiliar a la «economía del
terror», no hay nada más que «configurar». Dado
que el fin en sí mismo de la sociedad del trabajo es un presupuesto axiomático
de la democracia política, no puede haber ninguna regulación
político-democrática para la crisis del trabajo. El final del trabajo supone el
final de la política.
13. La simulación
casino-capitalista de la sociedad del trabajo
«Una
vez que el trabajo en su forma inmediata ha dejado de ser la gran fuente de
riqueza, el tiempo de trabajo deja de ser y tiene que dejar de ser su medida y,
en consecuencia, el valor de cambio [la medida] del valor de uso. [...] De esta
manera, se desmorona la producción fundamentada en el valor de cambio y el
proceso material inmediato de producción se desprende por sí mismo de la forma
de la insuficiencia y la contrariedad.»
Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, 1857-58
La conciencia social dominante se autoengaña
sistemáticamente acerca del verdadero estado de la sociedad del trabajo. Las
regiones desmoronadas son excomulgadas ideológicamente; las estadísticas del
mercado de trabajo, falseadas descaradamente; las formas de empobrecimiento,
mediáticamente ocultadas y simuladas. La simulación es desde luego la
característica central del capitalismo de crisis. Lo mismo ocurre con la propia
economía. Si como mínimo en los países occidentales principales sigue
pareciendo posible, hasta el presente, que el capital pueda acumular también
sin trabajo y que la forma pura del dinero, sin substancia alguna, pueda seguir
garantizando la explotación del valor, esta apariencia se debe a un proceso de
simulación de los mercados finanacieros. A modo de reflejo de la simulación del
trabajo mediante medidas coercitivas de la administración democrática del
trabajo, se ha ido formando una simulación de la explotación del capital
mediante el desacoplamiento especulativo del sistema de crédito y de los
mercados de acciones respecto a la economía real.
El aprovechamiento del trabajo presente se ve
sustituido por el recurso al uso del trabajo futuro, que no va a tener lugar
nunca. Se trata, en cierto modo, de una acumulación de capital en un «futuro
condicional» ficticio. El capital dinero, que ya no se puede reinvertir con
rentabilidad en la economía real y que, por esa razón, ya no puede absorber
trabajo, tiene que desviarse de manera creciente hacia los mercados
financieros.
Ni siquiera el empuje fordista de explotación en
los tiempos del «milagro económico», después de la Segunda Guerra Mundial, fue
un empuje autosustentador pleno. Sobrepasando ampliamente sus ingresos por
impuestos, el Estado tomó créditos en una medida desconocida hasta entonces,
porque de otra manera no se podían financiar las condiciones básicas de la
sociedad del trabajo. El Estado hipotecó, por lo tanto, sus ingresos futuros
reales. De esta forma, surgía, por un lado, una posibilidad de inversión
capitalista-financiera para el capital dinero «excedente», que se prestaba al
Estado a cambio de intereses. Éste cubría los intereses mediante créditos
nuevos y volvía a poner inmediatamente en circulación el dinero prestado en el
ciclo económico. De este modo, financiaba, por otro lado, los gastos sociales y
las inversiones en infraestructuras y creaba así una demanda artificial, en
sentido capitalista, porque no era cubierta con ninguna clase de empleo de
trabajo productivo. El boom fordista fue alargado, de esta manera, más allá de
su alcance verdadero, al ponerse la sociedad del trabajo a chupar de su propio
futuro.
Este momento simulativo ya del proceso de
explotación todavía aparentemente intacto, llegó a sus límites junto con el
endeudamiento del Estado. Las «crisis de la deuda» estatales no permitieron una
nueva expansión por tales caminos ni en el Tercer Mundo ni en los centros. Éste
fue el fundamento objetivo para la cruzada victoriosa de la desregulación
neoliberal, que, según la ideología, se debía ver acompañada de una bajada
drástica de la cuota estatal en el producto social. En realidad, la
desregulación y la reducción de las tareas del Estado se compensan con los
costes de la crisis, aunque sea en forma de gastos estatales en represión y
simulación. En muchos Estados la cuota estatal incluso aumenta de este modo.
Pero, debido al endeudamiento del Estado, ya no
se puede seguir simulando la continuación de la acumulación de capital. Por
eso, desde los años ochenta, la creación adicional de capital ficticio se
trasladaba a los mercados de acciones. Hace tiempo que lo importante allí no
son los dividendos, la parte de ganancias de la producción real, sino sólo las
ganancias de cotización, el aumento especulativo de los valores de los títulos
de propiedad hasta magnitudes astronómicas. La relación entre economía real y movimientos
especulativos de los mercados financieros se ha invertido. El aumento
especulativo de la cotización ya no se anticipa a la expansión económica real,
sino que, por el contrario, simula el alza de una creación ficticia de valor,
una acumulación real que ya no existe.
El ídolo trabajo está clínicamente muerto, pero se le mantiene con
respiración artificial gracias a la expansión aparentemente independiente de
los mercados financieros. Las empresas industriales
tienen ganancias que ya no provienen de la producción, convertida hace tiempo
en negocio deficitario, ni de la venta de bienes reales, sino de la
participación de un departamento financiero «astuto» en la especulación de
acciones y divisas. Los presupuestos públicos registran ingresos que ya no
provienen de impuestos o de créditos solicitados, sino de la cómplice
participación diligente de la Administración de Hacienda en el mercado de
apuestas. Y las economías privadas, cuyos ingresos reales sustentados en
sueldos y retribuciones se reducen drásticamente, se siguen permitiendo un alto
nivel de consumo gracias a que hipotecan las ganancias de las acciones. Surge,
así, una nueva forma de demanda artificial, que trae consigo, por otro lado,
una producción real e ingresos estatales reales de impuestos «sin suelo bajo
los pies».
De esta manera, el proceso especulativo aplaza la
crisis económica mundial. Sin embargo, dado que el aumento ficticio del valor
de los títulos de propiedad sólo puede ser el anticipo de un uso futuro de
trabajo real (en una cantidad proporcionalmente astronómica), que nunca más va
a llegar, el fraude objetivado tiene que explotar después de un cierto tiempo
de incubación. El derrumbamiento de los «mercados emergentes» en Asia,
Latinoamérica y Europa del este ha sido sólo una primicia. El colapso de los mercados financieros de los centros capitalistas de
los EEUU, la UE y Japón es sólo una cuestión de tiempo.
Este estado de cosas se percibe de una forma completamente desfigurada
por la conciencia-fetiche de la sociedad del trabajo y también, precisamente,
por los «críticos del capitalismo» de izquierdas y de derechas. Cautivados por
el fantasma del trabajo, ennoblecido a una condición de existencia
sobrehistórica y positiva, confunden sistemáticamente causa y efecto. La postergación provisional de la crisis mediante la expansión
especulativa de los mercados financieros parece entonces justamente, al
contrario, la supuesta causa de la crisis. Los «especuladores malos», eso se
dice con más o menos pánico, quieren destrozar toda la hermosa sociedad del
trabajo, porque se juegan, por pasárselo bien, todo el «buen dinero», del que
«hay suficiente», en vez de invertir, de manera aplicada y respetable, en
maravillosos «puestos de trabajo», con los que se pueda seguir dando «pleno
empleo» a una humanidad de parias locos
por trabajar.
Sencillamente no les entra en las cabezas que no
es la especulación, ni mucho menos, la que ha paralizado las inversiones
reales, sino que éstas han dejado de ser rentables desde la tercera revolución
industrial y que los movimientos especulativos son sólo su síntoma. El dinero,
que circula allí aparentemente en cantidades inagotables, hace tiempo que dejó
de ser «bueno», en sentido capitalista, para pasar a ser sólo «aire caliente»
con el que se siguió hinchando la burbuja especulativa. Todo intento de pinchar
esa burbuja con cualquier clase de proyectos impositivos (la «tasa Tobin»,
etc.), para traer el capital dinero de nuevo a los molinos supuestamente
«correctos» y reales de la sociedad del trabajo, sólo podrá terminar con el
estallido tanto más rápido de la burbuja.
En vez de comprender que todos nosotros nos
estamos volviendo inevitablemente no-rentables y que, en consecuencia, lo que
hay que atacar, en tanto que obsoleto, es el criterio de la rentabilidad, junto
con sus fundamentos de la sociedad del trabajo, se prefiere demonizar a «los
especuladores»; tanto ultraderechistas como autónomos, probos funcionarios
sindicales y nostálgicos keynesianos, teólogos sociales y tertulianos insignes
y, en general, todos los apóstoles del «trabajo honrado» cultivan unánimemente
esta imagen barata del enemigo. Sólo unos pocos son conscientes de que sólo hay
un pequeño paso entre esto y la revitalización de la locura antisemita.
Conjurar el capital real, de sangre nacional, «creador», contra el capital
dinero, «judío»-internacional, «acaparador», amenaza con ser la última palabra
de la izquierda-del-puesto-de-trabajo espiritualmente desamparada. Ya es, en
cualquier caso, la última palabra de la de por sí racista, antisemita y
antiamericana derecha-del-puesto-de-trabajo.
14. El trabajo no puede ser
redefinido
«Los
servicios sencillos, relativos a personas, pueden aumentar tanto el bienestar
material como el inmaterial. Así puede crecer la sensación de bienestar de los
clientes, si los prestadores de servicios se ocupan del trabajo propio más
pesado. Y a la vez, aumenta la sensación de bienestar de los prestadores de
servicios, al aumentar la autoestima gracias a esta actividad. Llevar a cabo un
servicio sencillo, relativo a personas, es mejor para la psique que estar en
paro.»
Informe de la Comisión sobre Cuestiones de Futuro de los Estados Libres de
Baviera y Sajonia, 1997
«Sujétate
con fuerza al conocimiento que se acredita al trabajar, porque la naturaleza
misma lo confirma y le da su sí. Ciertamente, no tienes más conocimiento que el
adquirido trabajando; todo lo demás no es más que una hipótesis del saber.»
Thomas Carlyle, Trabajar y no desesperarse, 1843
Después de siglos de adiestramiento, el hombre
moderno ya no se puede imaginar, sin más, una vida más allá del trabajo. En
tanto que principio imperial, el trabajo domina no sólo la esfera de la
economía en sentido estricto, sino que también impregna toda la existencia
social hasta los poros de la cotidianidad y la vida privada. El «tiempo libre»,
ya en su sentido literal un concepto carcelario, hace mucho que sirve para la
«puesta a punto» de mercancías a fin de velar por el recambio necesario.
Pero incluso más allá del deber interiorizado del
consumo de mercancías como fin absoluto, las sombras del trabajo se alzan
también fuera de la oficina y la fábrica sobre el individuo moderno. Tan pronto
como se levanta del sillón ante la televisión y se vuelve activo, todo hacer se
transforma inmediatamente en un hacer análogo al trabajo. Los que hacen footing
sustituyen el reloj de control por el cronómetro, en los relucientes gimnasios
la calandria experimenta su renacimiento postmoderno, y los veraneantes se
chupan un montón de kilómetros en sus coches como si tuviesen que alcanzar el
kilometraje anual de un conductor de camiones de largas distancias. Incluso
echar un polvo se ajusta a las normativas DIN de la sexología y a criterios de
competencia de las fanfarronadas de las tertulias televisivas.
Si el rey Midas vivió como una maldición que todo
lo que tocaba se convirtiese en oro, su compañero de fatigas moderno acaba de
sobrepasar ya esa etapa. El hombre del trabajo ya no se da cuenta ni de que al
asimilar todo al patrón trabajo, todo hacer pierde su calidad sensual particular
y se vuelve indiferente. Al contrario: sólo por medio de esta asimilación a la
indiferencia del mundo de las mercancías le puede proporcionar sentido,
justificación y significado social a una actividad. Con un sentimiento como el
de la pena, por ejemplo, el sujeto del trabajo no es capaz de hacer nada; la
transformación de la pena en «trabajo de la pena» hace, no obstante, de ese
cuerpo emocional extraño una dimensión conocida sobre la que uno puede
intercambiar impresiones con sus semejantes. Hasta el sueño se convierte en el «trabajo onírico», la discusión con
alguien amado, en «trabajo de pareja», y el trato con niños, en «trabajo
educativo». Siempre que el hombre moderno quiere insistir en la seriedad de su
quehacer ya tiene presta la palabra «trabajo» en los labios.
El imperialismo del trabajo, en consecuencia, también se deja sentir
en el uso común del lenguaje. No sólo estamos acostumbrados a usar
inflacionariamente la palabra «trabajo», sino también a dos ámbitos de
significado muy diferentes. Hace tiempo que «trabajo» ya no se refiere
solamente (como correspondería) a la forma de actividad capitalista del
molino-fin absoluto, sino que este concepto se ha convertido en sinónimo de
todo esfuerzo dirigido a un fin y ha borrado así sus huellas.
Esta imprecisión conceptual prepara el terreno
para una crítica de la sociedad del trabajo tan poco clara como habitual, que
opera exactamente al revés, o sea, a partir de una interpretación positiva del
imperialismo del trabajo. A la sociedad del trabajo se le reprocha, justamente,
que aún no domine la vida lo suficiente con su forma de actividad porque, al
parecer, hace un uso «demasiado estrecho» del concepto de trabajo, al
excomulgar moralistamente del mismo el «trabajo propio» o la «autoayuda no
remunerada» (trabajo doméstico, ayuda comunitaria, etc.), y considerar trabajo
«verdadero» sólo el trabajo retribuido según criterios de mercado. Una
valoración nueva y una ampliación del concepto de trabajo debería acabar con
esta fijación unilateral y con las jerarquizaciones que se siguen de ésta.
Este planteamiento, por lo tanto, no se propone
la emancipación de las imposiciones dominantes, sino exclusivamente una
reparación semántica. La enorme crisis de la sociedad del trabajo se ha de
superar, consiguiendo que la conciencia social eleve «verdaderamente» a la
aristocracia del trabajo, junto con la esfera de producción capitalista, a las
formas de actividad hasta ahora inferiores. Pero la inferioridad de tales
actividades no es meramente el resultado de un determinado punto de vista
ideológico, sino que es consustancial a la estructura fundamental del sistema
de producción de mercancías y no se supera con simpáticas redefiniciones
morales.
En una sociedad dominada por la producción de
mercancías como fin absoluto, sólo se puede considerar riqueza verdadera lo que
se puede representar en forma monetarizada. El concepto de trabajo así
determinado se refleja imperialmente en todas las demás esferas, pero sólo
negativamente, al hacerlas distinguibles en tanto que dependientes de él. Las
esferas ajenas a la producción de mercancías se quedan, por lo tanto,
necesariamente en la sombra de la esfera capitalista de producción, porque no
entran en la lógica abstracta de ahorro de tiempo propia de la economía de
empresa; a pesar de que y justamente porque son tan necesarias para la vida
como el campo de actividades separado, definido como «femenino», de la economía
privada, de la dedicación personal, etc.
Una ampliación moral del concepto de trabajo, en
vez de su crítica radical, no sólo encubre el imperialismo social real de la
economía de producción de mercancías, sino que además se encuadra
excelentemente en las estrategias autoritarias de administración estatal de la
crisis. La exigencia, elevada desde los años setenta, de «reconocer»
socialmente como trabajo plenamente válido también las «tareas domésticas» y
las actividades en el «sector terciario», especulaba en un principio con
aportaciones estatales en forma de transferencias financieras. No obstante, el
Estado en crisis le da la vuelta a la tortilla y moviliza el ímpetu moral de
esta exigencia, en el sentido del temido «principio de subsidiaridad», en
contra de sus esperanzas materiales.
El canto de loa del «voluntariado» y del «trabajo
comunitario» no trata del permiso para hurgar en las arcas estatales, de por sí
bastante vacías, sino que se usa como coartada para la retirada social del
Estado, para los programas en curso de trabajo forzoso y para el mezquino
intento de hacer recaer el peso de la crisis sobre las mujeres. Las
instituciones sociales oficiales abandonan sus obligaciones sociales con el
llamamiento, tan amistoso como gratuito, dirigido a «todos nosotros» para
combatir, en el futuro, la miseria propia y ajena con la iniciativa privada
propia y para no volver a hacer reclamaciones materiales. De este modo, una
acrobacia de definiciones con el concepto de trabajo aún santificado, mal
entendida como programa de emancipación, abre todas las puertas al intento del
Estado de llevar a cabo la abolición del trabajo asalariado como supresión del
salario, manteniendo el trabajo, en la tierra quemada de la economía de
mercado. Así se demuestra involuntariamente que la emancipación social hoy en
día no puede tener como contenido la revalorización del trabajo, sino sólo su desvalorización
consciente.
15. La crisis de la lucha de
intereses
«Ha
quedado demostrado que, como consecuencia de leyes inevitables de la naturaleza
humana, algunos seres humanos se verán expuestos a la miseria. Éstas son las
personas infelices que, en la gran lotería de la vida, han sacado un número no
premiado.»
Thomas Robert Malthus
Por mucho que se haya ocultado y tabuizado la
crisis fundamental del trabajo, ésta deja su impronta en todos los conflictos
sociales actuales. El paso de una sociedad de integración de masas a un orden
de selección y apartheid no ha conducido, precisamente, a una nueva ronda de la
lucha de clases entre capital y trabajo, sino a una crisis categorial de la
propia lucha de intereses inmanente al sistema. Ya en la época de prosperidad,
después de la Segunda Guerra Mundial, se había desvanecido el antiguo énfasis
de la lucha de clases. Pero no, ciertamente, porque el sujeto revolucionario
«en sí» hubiese sido «integrado» mediante maquinaciones manipuladoras y el
soborno de un dudoso bienestar, sino porque, por el contrario, en el estadio de
desarrollo fordista, se destapó la identidad lógica de capital y trabajo como
categorías sociales funcionales de una forma fetiche común a la sociedad. El
deseo inmanente del sistema de vender la mercancía fuerza de trabajo en las
mejores condiciones posibles perdió todo momento transcendente.
Si hasta entrados los años setenta de lo que se
trataba era de ir conquistando una participación de estratos lo más amplio
posibles de la población en los venenosos frutos de la sociedad del trabajo;
bajo las nuevas condiciones de crisis de la tercera revolución industrial
incluso este impulso se ha apagado. Sólo mientras que la sociedad del trabajo
se fue expandiendo fue posible dirigir, a gran escala, la lucha de intereses de
sus categorías sociales funcionales. No obstante, en la misma medida en la que
se hunde la base común, los intereses inmanentes del sistema tampoco se pueden
aunar respecto al conjunto de la sociedad. Se pone en marcha un proceso de
insolidaridad general. Los trabajadores asalariados desertan de los sindicatos;
los directivos, de las organizaciones de empresarios. Cada uno para sí mismo y el dios-sistema capitalista contra todos: la
tan cacareada individualización no es más que otro síntoma de crisis de la
sociedad del trabajo.
Mientras que se puedan seguir agregando
intereses, esto sucede sólo en una medida microeconómica. Puesto que, en la
misma medida en que se ha ido convirtiendo en un verdadero privilegio —como
insulto a la liberación social— el dejarse machacar la propia vida por la
economía de empresa, degenera la representación de intereses de la mercancía
fuerza de trabajo hacia una rígida política de lobby de segmentos sociales cada
vez más pequeños. Quien acepta la lógica del trabajo, también tiene que aceptar
ahora la lógica del apartheid. De lo único que se trata ya es de asegurarle a
la clientela propia, estrictamente delimitada, que su pellejo se podrá seguir
vendiendo a costa de todos los demás. Las plantillas y los comités de empresa
hace tiempo que ya no tienen a su verdadero enemigo en la dirección de su
empresa, sino en los asalariados de las empresas y «enclaves» en competencia,
indiferentemente de que se encuentren en el siguiente pueblo o en el lejano
Oriente. Y si se plantea la cuestión de a quién le va a tocar saltar por la
borda, cuando llegue la próxima racionalización empresarial, también se
convierten en enemigos el departamento vecino y el compañero de al lado.
La insolidaridad radical no afecta sólo al enfrentamiento
empresarial y sindical. Dado que, justamente con la crisis de la sociedad del
trabajo, todas las categorías funcionales se aferran con tanto más fanatismo a
su lógica inherente de que todo bienestar humano sólo puede ser el producto
residual de una explotación rentable, el
principio de que «se salve mi casa y se queme la de los demás» se impone en
todos los conflictos de intereses. Todos los lobbys conocen las reglas del
juego y actúan ateniéndose a ellas. Todo territorio fronterizo que consiga otra
clientela, está perdido para la propia. Todo corte en el otro extremo de la red
social aumenta las posibilidades de ganar un nuevo aplazamiento de la condena. El pensionista se convierte en adversario
natural de todos los contribuyentes; el enfermo, en enemigo de todos los
asegurados; y el inmigrante, en objeto de odio de todos los autóctonos
enloquecidos.
Se agota así irreversiblemente el intento osado de querer hacer uso de
la lucha de intereses inmanente al sistema como resorte de emancipación social.
Esto supone el final de la izquierda clásica.
Un
resurgimiento de la crítica radical al capitalismo presupone la ruptura
categorial con el trabajo. Hasta que no se establezca una meta
nueva de emancipación social más allá del trabajo y de las categorías fetiche
que se derivan del mismo (valor, mercancía, dinero, Estado, forma jurídica,
nación, democracia, etc.), no será posible un proceso de re-solidaridad de
grado elevado y a escala del conjunto de la sociedad. Y sólo en este sentido se
pueden re-aglutinar también las luchas de resistencia, inmanentes al sistema,
contra la lógica de la lobbyzación y la individualización; pero ahora ya no en
referencia positiva, sino estratégicamente negativa a las categorías dominantes
Hasta ahora la izquierda ha estado esquivando la
ruptura categorial con la sociedad del trabajo. Minimiza los imperativos del
sistema a mera ideología; y la lógica de la crisis, a mero proyecto político de
los «gobernantes». En el lugar de la ruptura categorial hace su aparición la
nostalgia socialdemócrata y keynesiana. No se persigue una nueva generalidad
concreta de formación social, más allá del trabajo abstracto y de la forma
dinero, sino que la izquierda intenta aferrarse convulsivamente a la
generalidad abstracta del interés inmanente al sistema. Pero estos intentos se
quedan también en lo abstracto y ya no pueden integrar movimientos sociales de
masas, porque se autoengañan por lo que se refiere a las circunstancias reales
de la crisis.
Esto es de aplicación sobre todo al caso de la exigencia
de un ingreso de subsistencia o renta mínima garantizada. En vez de relacionar
luchas sociales concretas de resistencia contra ciertas medidas del régimen de
apartheid con un programa general contra el trabajo, esta exigencia lo que
pretende es producir una generalidad falsa de crítica social, que sigue siendo,
a todas luces, abstracta, inmanente al sistema y desvalida. La competencia
social de la crisis no se puede superar de esa forma. Se presupone, de forma
ignorante, que la sociedad global del trabajo continuará funcionando
eternamente, ¿pues de dónde se va a sacar el dinero para financiar esos
ingresos básicos garantizados por el Estado, si no es de los procesos de
explotación exitosos? El que se fundamente en «dividendos sociales» semejantes
(el propio nombre ya es muy significativo) tiene que apostar, a la vez,
secretamente, por una posición privilegiada de «su» país dentro de la
competencia global. Porque sólo la victoria en la guerra mundial de los
mercados permitiría, provisionalmente, alimentar en casa a algunos millones de
comensales capitalistamente «sobrantes» —excluyendo a la gente sin pasaporte
nacional, por supuesto—.
Los artesanos de la reforma de la exigencia de
ingresos de subsistencia ignoran, a todas luces, la autoría capitalista de la
forma dinero. Después de todo, lo único que les importa respecto al sujeto
capitalista del trabajo y del consumo de mercancías es salvar a este último. En vez de cuestionar la forma de vida
capitalista en sí, lo que se pretende es seguir enterrando el mundo —a pesar de
la crisis del trabajo— bajo avalanchas de malolientes montoncitos de planchas
rodantes, feas cajas de hormigón y mercancía-basura de bajo valor, para que la
gente conserve la única libertad miserable que todavía se pueden imaginar: la libre
elección ante las estanterías de los supermercados.
Sin embargo, también esta perspectiva triste y
limitada es completamente ilusoria. Sus protagonistas de izquierdas y
analfabetos teóricos han olvidado que el consumo capitalista de mercancías
nunca sirve sencillamente a la satisfacción de necesidades, sino que sólo puede
ser siempre una función del movimiento de explotación. Cuando ya no se puede
vender la fuerza de trabajo, hasta las necesidades elementales vienen a ser
lujos que hay que reducir al mínimo. Y es justo para eso para lo que va a
servir de vehículo el programa del dinero de subsistencia, a saber, como
instrumento de la reducción estatal de costes y como versión pobre de la
transferencia social, que viene a ocupar el lugar de los seguros sociales en
colapso. Es en este sentido en el que el padre del neoliberalismo, Milton
Friedman, ideó la noción de renta básica, antes de que una izquierda desarmada
la descubriese como supuesta tabla de salvación. Y es con este contenido con el
que se va a hacer realidad, si llega el caso.
16. La abolición del trabajo
La ruptura categorial con el trabajo no encuentra
un campo social objetivamente determinado y acabado como la lucha de intereses
limitada inmanentemente al sistema. Es una ruptura con la legitimidad objetiva
falsa de una «segunda naturaleza»; o sea, que ella misma no es consumación casi
automática, sino conciencia negadora: rechazo y rebelión sin el respaldo de
alguna «ley de la historia». El punto de partida no puede ser un nuevo principio
abstracto general, sino solamente el hastío ante la propia existencia como
sujeto del trabajo y la competencia y la negación categórica a tener que seguir
funcionando así a un nivel cada vez más miserable.
Pese a su predominio absoluto, el trabajo nunca ha
conseguido acabar completamente con toda la aversión que provocan las
imposiciones por el implantadas. Junto a todos los fundamentalismos regresivos
y toda la locura competitiva de la selección social, también hay un potencial
de protesta y resistencia. En el capitalismo hay una gran cantidad de malestar
presente, pero éste se ve relegado a la clandestinidad sociopsíquica. No se
acaba con él. Por eso le hace falta un nuevo espacio mental libre, para hacer
pensable lo impensable. Hay que romper el monopolio de interpretación del mundo
que tiene el campo del trabajo. A la
crítica teórica del trabajo le toca desempeñar, en consecuencia, el papel de
catalizador. Tiene el deber de atacar frontalmente las prohibiciones de
pensamiento dominantes, y de expresar abierta y claramente lo que nadie se
atreve a saber, pero muchos sospechan: que la sociedad del trabajo ha llegado a
su fin definitivo. Y no hay la más mínima razón para lamentar su fallecimiento.
Sólo la crítica del trabajo formulada
expresamente y el correspondiente debate teórico pueden crear esa nueva
contrainformación, que es condición indispensable para que se constituya un
movimiento social práctico contra el trabajo. Las disputas internas dentro del
campo del trabajo se han agotado y se hacen cada vez más absurdas. Tanto más
apremiante es redefinir las líneas sociales del conflicto, a lo largo de las
cuales se puede formar una coalición contra el trabajo.
Lo que sí se puede es bosquejar en líneas
generales qué metas se pueden plantear de cara a un mundo más allá del trabajo.
El programa contra el trabajo no se
alimenta de un canon de principios positivos, sino de la fuerza de la negación.
Si la imposición del trabajo supuso la expropiación de la gente de las
condiciones de su propia vida, entonces la negación de la sociedad del trabajo
sólo puede consistir en que la gente se vuelva a apropiar de sus relaciones
sociales a un nivel histórico más alto. Los enemigos del trabajo van a impulsar, por tanto, la constitución en
todo el mundo de federaciones de individuos asociados libremente que le
arrebaten los medios de producción y de existencia a la máquina vacía del
trabajo y la explotación y los tomen en sus propias manos. Sólo en la lucha
contra la monopolización de todos los recursos sociales y potenciales de
riqueza por los poderes alienantes del mercado y del Estado es posible
conquistar los espacios sociales de la emancipación.
Por lo que a esto se refiere, hay que atacar la
propiedad privada de una manera nueva. Para la izquierda, hasta ahora, la
propiedad privada no era la forma jurídica del sistema productor de mercancías,
sino nada más que el subjetivo «poder de disposición» ominoso de los
capitalistas sobre los recursos. Así pudo surgir la idea absurda de querer
superar la propiedad privada sobre la base de la producción de mercancías. De
ahí que, por lo general, pareciese que lo opuesto a la propiedad privada había
de ser la propiedad del Estado («estatalización»). Sin embargo, el Estado no es
otra cosa que la comunidad forzosa externa o la generalización abstracta de los
productores de mercancías socialmente atomizados; y, por tanto, la propiedad
del Estado, sólo una forma derivada de la propiedad privada, independientemente
de que se le aplique el adjetivo «socialista» o no.
En la crisis de la sociedad del trabajo, tanto la
propiedad privada como la propiedad estatal se vuelven obsoletas, porque ambas
formas de propiedad presuponen en la misma medida el proceso de explotación.
Justo por eso, los medios objetivos correspondientes quedan progresivamente en
desuso y permanecen cerrados. Y los funcionarios estatales, empresariales y
judiciales se cuidan celosamente de que eso siga así y de que los medios de
producción se pudran antes que ser usados para otros fines. De ahí que la
conquista de los medios de producción mediante asociaciones libres, contra la
administración estatal y judicial impuesta, sólo pueda significar que esos
medios de producción ya no se van a movilizar en forma de producción de
mercancías para mercados anónimos.
En lugar de la producción de mercancías aparece
la discusión directa, el acuerdo y la decisión común de los miembros de la
sociedad sobre el uso adecuado de los recursos. Se genera una identidad
socio-institucional de productores y consumidores, impensable bajo el dictado
del fin absoluto capitalista. Las instituciones enajenadas del mercado y del
Estado son sustituidas por un sistema escalonado de consejos, en los que las
asociaciones libres —desde el barrio hasta un nivel mundial— determinan el
flujo de los recursos según los puntos de vista de una razón sensual, social y
ecológica.
El fin absoluto del trabajo y el «empleo» ya no
determina la vida, sino la organización del uso sensato de posibilidades
comunes, que no es comandada por una «mano invisible» automática, sino por una
actuación social consciente. La riqueza producida es aprehendida directamente
según las necesidades, y no según la «capacidad de compra». Junto con el
trabajo, desaparece la generalización abstracta del dinero así como la del
Estado. La crítica del trabajo es una declaración de guerra al orden dominante
y no una coexistencia pacífica en los resquicios de sus imposiciones. El lema
de la emancipación social sólo puede ser: «¡Cojamos lo que necesitamos! ¡No nos
arrastraremos por más tiempo de rodillas bajo el yugo de los mercados de
trabajo y la administración democrática de la crisis!». La condición previa
para esto es el control de las nuevas formas de organización social (de
asociaciones libres, consejos) sobre las condiciones de reproducción de toda la
sociedad. Tal pretensión diferencia fundamentalmente a los enemigos del trabajo
de los políticos de los resquicios y las almas cándidas del socialismo de
jardín de casa.
El dominio del trabajo divide al individuo
humano. Separa el sujeto económico del ciudadano, el animal de trabajo de la
persona en su tiempo libre, lo abstractamente público de lo abstractamente
privado, la masculinidad producida de la feminidad producida; y enfrenta al uno
individualizado con su propio contexto social, como un poder ajeno que lo
domina. Los enemigos del trabajo persiguen la abolición de esta esquizofrenia
mediante la apropiación concreta del contexto social por personas que actúan de
manera consciente y autorreflexiva.
17. Un programa de abolición
contra los amantes del trabajo
«Pero
es el trabajo en sí mismo, no sólo bajo las condiciones actuales, sino en la
medida en que su fin es el mero aumento de la riqueza, es el trabajo en sí
mismo, digo yo, el que es dañino, contraproducente; esto se sigue, sin que lo
sepa el economista nacional (Adam Smith), de sus propios desarrollos.»
Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos, 1844
A los enemigos del trabajo se les reprochará que
no son más que ilusos. La historia habría demostrado que una sociedad que no se
base en los principios del trabajo, de la obligación de rendir, de la
competencia de la economía de mercado y del interés individual no puede
funcionar. ¿Acaso queréis afirmar, apologetas del estado de cosas dominante,
que la producción de mercancías capitalista ha deparado realmente una vida
aceptable, aunque sólo sea remotamente, para la mayoría de las personas? ¿Acaso
llamáis «funcionar» al hecho de que sea precisamente el crecimiento brusco de
las fuerzas productivas el que excluya a millones de seres humanos de la humanidad,
teniendo que contentarse con sobrevivir en basureros? ¿Al hecho de que otros
muchos millones sólo aguanten esta vida agitada bajo el dictado del trabajo,
aislándose y quedándose solos, aturdiendo su espíritu sin placer alguno y
enfermando física y psíquicamente? ¿Al hecho de que el mundo sea transformado
en un desierto sólo para sacar más dinero del dinero? Pues bueno. Ésta es, de
hecho, la manera en que vuestro grandioso sistema «funciona». ¡Pero nosotros
nos negamos a realizar prestaciones semejantes!
Vuestra autosatisfacción se basa en vuestra
ignorancia y en la debilidad de vuestra memoria. La única justificación que
encontráis para vuestros crímenes presentes y futuros es la situación del
mundo, que es consecuencia de vuestros crímenes pasados. Habéis olvidado y
ocultado la masacre que ha sido necesaria para meter en la cabeza de la gente
vuestra engañosa «ley natural» de que es verdaderamente una suerte estar
«empleado», según determinaciones ajenas, y dejarse chupar la energía vital
para el fin absoluto abstracto de vuestro ídolo sistema.
Para que la humanidad estuviese en condiciones de
interiorizar el dominio del trabajo y del interés propio tuvieron que ser
exterminadas todas las instituciones de la autoorganización y de la cooperación
autodeterminada de las antiguas sociedades agrarias. Quizá sea cierto que se
hizo un trabajo redondo. No somos unos optimistas exagerados. No podemos saber
si lograremos la liberación de esta existencia condicionada. Queda abierto si
el ocaso del trabajo traerá consigo la superación de la locura del trabajo o el
final de la civilización.
Argüiréis que con la abolición de la propiedad privada y de la
obligación de ganar dinero cesaría toda actividad y se extendería una pereza
generalizada. ¿Acaso confesáis que todo vuestro sistema «natural» se basa en la
pura imposición? ¿Y que por eso os asusta la pereza como pecado mortal
contrario al espíritu del ídolo trabajo? Los adversarios del trabajo, sin
embargo, no tienen nada en contra de la pereza. Una de sus metas principales es
volver a recrear la cultura del ocio que un día conocieron todas las culturas y
que fue destruida para una forma de producir sin descanso y ajena a todo
sentido. Por eso, los adversarios del trabajo paralizarán primero, sin
restitución alguna, todos los numerosos sectores productivos que sólo sirven
para mantener, sin reparar en pérdidas, el fin absoluto absurdo del sistema de
producción de mercancías.
No estamos hablando sólo de sectores laborales
claramente peligrosos para todos como la industria automovilística,
armamentista y nuclear, sino también de la producción de aquellas numerosas
prótesis del sentido y estúpidos objetos de entretenimiento, con los que se
pretende simular un sustituto para la vida desperdiciada de las personas de
trabajo. También desaparecerá esa cantidad enorme de actividades que sólo
existen porque las masas de productos tienen que hacerse pasar a la fuerza por
el aro de la forma dinero y la mediación del mercado. ¿O acaso pensáis que los
contables y tasadores, los especialistas en marketing y los vendedores, los
representantes y los redactores de páginas publicitarias van a ser necesarios
cuando las cosas se elaboren según la necesidad y cada uno tome lo que le haga
falta? ¿Y para qué va a seguir habiendo funcionarios de Hacienda y policías,
asistentes sociales y administradores de la pobreza, si ya no se va a tener que
defender la propiedad privada ni administrar la miseria social y a nadie se le
va a obligar a aceptar las imposiciones enajenadas del sistema?
Ya oímos los gritos de indignación: ¡tantos
puestos de trabajo! Pues claro que sí. Calculad, con tranquilidad, cuánto
tiempo de vida se roba diariamente la humanidad a sí misma sólo para acumular
«trabajo muerto», administrar a la gente y mantener engrasado el sistema
dominante. Cuánto tiempo podríamos pasar
tomando el sol en vez de desollarnos por cosas sobre cuyo carácter grotesco,
represivo y destructor ya se han escrito bibliotecas enteras. No tengáis
miedo. De ninguna manera cesará toda actividad cuando desaparezcan las
imposiciones del trabajo. Lo que sí es cierto es que toda actividad cambia su
carácter, cuando ya no se ve encasillada en la esfera sin sentido y
autofinalista de tiempos en cadena abstractos, sino que puede seguir su propia
medida de tiempo individualmente variable y está integrada en contextos de vida
personales; cuando son las propias personas las que determinan el transcurso
también respecto a las grandes formas organizativas de producción, en vez de
verse determinadas por el dictado de la explotación de la economía de empresa.
¿Por qué dejarse acosar por las exigencias insolentes de una competencia
impuesta? Lo que hay que hacer es
redescubrir la lentitud.
No desaparecerán, por supuesto, tampoco las
actividades domésticas ni del cuidado de las personas que la sociedad del
trabajo ha hecho invisibles, ha separado y definido como «femeninas». Se puede
automatizar tan poco la preparación de la comida como el cambio de pañales a un
bebé. Cuando se supere, junto al trabajo, la separación de las esferas
sociales, estas actividades necesarias podrán aparecer a la luz de una
organización social consciente más allá de las prescripciones de genero.
Perderán su carácter represivo en tanto que no supondrán la subordinación de
unas personas a otras y serán realizadas, según las circunstancias y las
necesidades, por igual tanto por hombres como por mujeres.
No decimos que, de esta manera, toda actividad se
va a convertir en un placer. Unas más y otras menos. Por supuesto que siempre
habrá cosas necesarias que hacer. ¿Pero a quién le va a asustar esto, siempre
que no te consuma la vida? Y siempre habrá muchas más cosas que se podrán hacer
por decisión libre. Ya que la actividad es una necesidad igual que el ocio. Ni
siquiera el trabajo ha sido capaz de acabar del todo con esa necesidad, sino
que la ha instrumentalizado para sí y la ha succionado hasta el agotamiento
como un vampiro.
Los adversarios del trabajo no son ni fanáticos
de una activismo ciego ni mucho menos de un no-hacer ciego. Tiene que
conseguirse que ocio, tareas necesarias y actividades elegidas libremente
guarden una proporción razonable entre sí, que se rija por las necesidades y
las circunstancias vitales. Una vez sustraídas a las imposiciones objetivas
capitalistas del trabajo, las modernas fuerzas de producción podrán incrementar
enormemente el tiempo libre disponible para toda la gente. ¿Para qué pasar tanto tiempo en fábricas y oficinas, cuando autómatas
de todas clases pueden hacer buena parte de esas actividades por nosotros?
¿Para qué hacer sudar a cientos de cuerpos humanos, cuando bastan unas pocas
segadoras? ¿Para que malgastar ingenio en una rutina que también puede hacer un
ordenador sin más?
En todo caso, para estos fines sólo se podrá
aprovechar una parte mínima de la técnica en su forma capitalista. A la mayor
parte de los agregados técnicos se le tendrá que dar una forma completamente
nueva, puesto que fueron construidos según los criterios obtusos de la
rentabilidad abstracta. Por otro lado, por esta misma razón, no se han llegado
a desarrollar muchas posibilidades técnicas. Aunque la energía solar se puede
obtener en cualquier rincón, la sociedad del trabajo trae al mundo centrales
eléctricas centralizadas y peligrosas. Y aunque se conocen desde hace mucho
tiempo métodos inocuos para la producción agraria, el cálculo pecuniario vierte
miles de venenos en el agua, destruye los suelos y contamina el aire. Por
razones puramente económicas, se le hacen dar tres vueltas al globo a
materiales de construcción y alimentos, aunque la mayoría de las cosas se
podrían producir fácilmente a nivel local sin grandes rutas de transporte. Una parte considerable de la técnica
capitalista es tan absurda e innecesaria como el gasto de energía humana que
conlleva.
Con todo esto no os estamos diciendo nada nuevo.
Y, a pesar de todo, no vais a sacar consecuencias de lo que ya sabéis muy bien
por vosotros mismos. Pues os negáis a tomar una decisión consciente sobre qué
medios de producción, transporte y comunicación tiene sentido emplear y cuáles
son perjudiciales o sencillamente innecesarios. Cuanto más agitadamente soltáis vuestra letanía de la libertad
democrática, con tanta más obstinación rechazáis la libertad de decisión social
más elemental, porque queréis seguir sirviendo al cadáver dominante del trabajo
y sus pseudo-«leyes naturales».
18. La lucha contra el trabajo
es antipolítica
«Nuestra
vida es el asesinato por el trabajo. Hace 60 años que colgamos de la cuerda y
pataleamos, pero nos vamos a soltar.»
Georg Büchner, La muerte de Danton, 1835
La superación del trabajo es cualquier cosa menos una utopía nebulosa.
La sociedad mundial no puede continuar en su forma actual otros 50 ó 100 años.
Que los adversarios del trabajo se tengan que enfrentar a un ídolo trabajo ya
clínicamente muerto no hace necesariamente su tarea más fácil. Puesto que
cuanto más se agrava la crisis de la sociedad del trabajo y todos los intentos
de poner remedio acaban fracasando, más crece el abismo entre el aislamiento de
las mónadas sociales desvalidas y las exigencias de un movimiento de
apropiación de la totalidad de la sociedad. El salvajismo creciente de las
relaciones sociales en muchas partes del mundo muestra que la antigua
conciencia del trabajo y la competencia prosigue a niveles cada vez más
ínfimos. La «descivilización» a trompicones, a pesar de todos los impulsos de
un malestar en el capitalismo, parece ser la forma más natural de transcurrir
la crisis.
Justamente con unas perspectivas tan negativas,
sería fatal posponer la crítica del trabajo como programa integral para el
conjunto de la sociedad y limitarse a levantar una economía precaria de
supervivencia sobre las ruinas de la sociedad del trabajo. La crítica del trabajo sólo tiene una oportunidad si se enfrenta a la
corriente dessocializante, en vez de dejarse arrastrar por ella. Pero los estándares civilizatorios ya no se
pueden defender con la política democrática, sino sólo contra ella.
El que aspire a la apropiación y transformación
emancipadora del contexto social entero, difícilmente podrá ignorar la
instancia que ha organizado hasta ahora sus condiciones básicas. Es imposible
rebelarse contra la enajenación de las propias potencias sociales sin
enfrentarse al Estado. Puesto que el Estado no sólo administra más o menos la
mitad de la riqueza social, sino que también asegura la subordinación forzosa
de todos los potenciales sociales bajo el mandamiento de la explotación. Tan
claro es que los adversarios del trabajo no pueden ignorar el Estado y la
política, como lo es que con ellos no hay ningún Estado ni política que hacer.
Si el final de trabajo es el final de la política, entonces un
movimiento político por la abolición del trabajo sería una contradicción en sí
mismo. Los adversarios del trabajo le dirigen reclamaciones al Estado, pero no
constituyen un partido político ni lo van a constituir. La meta de la política
sólo puede ser conquistar el aparato de Estado para continuar con la sociedad
del trabajo. Los adversarios del trabajo, en consecuencia, no quieren ocupar
los centros de mando del poder, sino dejarlos fuera de servicio. Su lucha no es
política, sino antipolítica.
El Estado y la política de la Modernidad se
encuentran inseparablemente entrelazados en el sistema coercitivo del trabajo,
y es por eso que tienen que desaparecer los dos junto a éste. Las habladurías
acerca de un renacimiento de la política son sólo el intento de reconducir la
crítica del terror económico a una actuación que se pueda relacionar
positivamente con el Estado. Pero autoorganización y autodeterminación son
justamente lo contrario de Estado y política. La conquista de espacios
socioeconómicos y culturales libres no se consumará tomando rodeos, sendas
oficiales o desvíos políticos, sino mediante la constitución de una
contrasociedad.
Libertad no significa ni dejarse machacar por el
mercado ni administrar por el Estado, sino organizar según criterios propios
las relaciones sociales sin intromisiones de aparatos enajenados. En ese
sentido, los adversarios del trabajo lo que se proponen es encontrar nuevas
formas de movilización social y de conquistar cabezas de puente para la
reproducción de la vida más allá del trabajo. Lo que hay que hacer es combinar
las formas de práctica contrasocial con el rechazo ofensivo del trabajo.
Por mucho que los poderes dominantes nos tachen
de locos, porque nos arriesgamos a romper con su sistema irracional de
imposiciones, nosotros no tenemos nada más que perder que la perspectiva de la
catástrofe hacia la que nos conducen. ¡Tenemos un mundo más allá del trabajo
que ganar!
¡Proletarios de todo el mundo, dejadlo ya!
________
(*) Grupos “Krisis” de Alemania
