De la fauna local (III) e historia (XLII)… Alfaro, corazón de madre

De la fauna política.

Dijo Aristóteles que el hombre es un animal político.
Pues bien vamos a hablar de los animales políticos de nuestro país.

A propósito de conmemorarse hoy 5 de junio el 114 aniversario de la mal llamada “revolución” liberal. Presentamos tan solo  una de las tantas “maravillas” del “mejor ecuatoriano”:

El “general” Eloy Alfaro luciéndose en galas masónicas.

El “general” Eloy Alfaro luciéndose en galas masónicas.

 

Alfaro, corazón de madre*

 

por Miguel Ángel Gonzáles  Páez**

 

Ver también:

Exégesis del Liberalismo

Juicio sobre Alfaro y sus obras

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     Causó hilaridad en Quito la siguiente anécdota.

     En uno de los meses de 1907, el General Páez fue nombrado Intendente General de Policía; y es necesario decir, que en esos tiempos del Gobierno de Alfaro, Páez, no fue agente incondicional del terrorismo implacable, como así venían siendo, los serviles que obtenían ese destino. Hombre de elegante talle; de buen rostro; rubio y de agradable modal; su actuación en el empleo fue algo como una garantía concedida al público; contrastaba con la conducta infamatoria que en constancias innegables, dejaron sus antecesores, “que fueron más allá de lo que la humanidad y la caridad social, podían permitirles”.

     Solían los Intendentes hacer apresar a cualquier ciudadano delatado de conspirador, por cualquier agente de la Policía secreta, creada y neuróticamente organizada por Abelardo Moncayo, cuando fue Ministro de Policía. Las más de las veces motivaban las prisiones, pretextando revoluciones, los deseos de alcanzar permisos del Consejo de Estado, o de los Congresos, para celebrar empréstitos de dinero; y otras, apresaban obedeciendo a órdenes secretas, casi siempre por móviles de venganza; por antipatías personales; por planes de conseguir propinas, pero siempre por congraciarse con Alfaro. A la escena de los interrogatorios, rodeaban los Intendentes de grande aparato.  ¿No declaraba el preso lo que el empleado quería que declarara? pues, nada era más usado que el recostarle dentro de un féretro cubierto con negra cobija. ¿Rehusaba comprometer el padre, al hijo, o a la esposa? ¡Gran canalla! al calabozo obscuro; chiribitil húmedo, helado, sin aire; sin un jergón para el abrigo; sin agua para la sed; y aislado e incomunicado. Tres días pasaba el delatado, dentro de esa prisión, a donde asomaba el Intendente, o en su lugar algún Comisario persistiendo en preguntar. ¿Ni ahora declara todavía? Pues, pónganle en cepo, en el con peso graduado. Colocado en la tortura, nuevamente le exigen: declare usted. ¿No quiere? Pásenle al cepo Pérez. En ese tormento martirizada la víctima, suspendida con cordeles de las partes más dolorosas del sexo, agonizaba de dolor: ¿no habla? Bótenle al baño frío… y al baño seguía la flagelación, el emparedamiento. ¿Se resiste? Pues, no hay más remedio. A la máquina eléctrica; el manubrio daba vueltas; el preso se retorcía. ¡Caprichos!  A San Diego. Allí colocado contra muro, vendados los ojos para fusilarle, le hacían fuego al aire y le decían: Por última vez, declare… Era que el preso estremecido de horror se confundía en el silencio del cementerio. Modesto A. Peñaherrera (1), César Álvarez, Manuel Velasco Polanco, Wenceslao Ugarte, José Francisco Espinosa, Daniel Andrade, Carlos Gándara, Daniel Pintado,  Jarrín todos, inhumanos, unos por asegurarse en sus destinos, otros por acreditar su liberalismo, imaginaban esas torturas, y al aplicarlas haciendo gala de insensibilidad, agradaban al Ministro de Policía, y éste cuando informaba el horrible resultado del suplicio, obtenía alguna sonrisa del  Tirano (Alfaro).

     Pues bien, Páez, no perteneció al número de esos delincuentes; no se recomendó usando esos requisitos de abominación, al terrorismo dictatorial de Alf aro; con el nuevo Intendente los habitantes de Quito descansaron, indudablemente.

(Sigue… pinchar en “Read the rest of this entry”)

     Páez había comprado una casa en “La Cruz de Piedra” hoy carrera “Loja” y espiró un día el plazo del pago; doce mil sucres por ella. Esta era la versión pública, que por donde quiera se la oía, porque lo refería el Cajero de la Policía don Guillermo Guarderas.

     Durante unos meses el dinero de la Policía se economizaba severamente, por disposición del Intendente, que de otro lado inventaba arbitrios a fin de formar un fondo de Caja, aumentó plazas supuestas, multiplicó los vales con pretexto de comisiones, abultó los gastos generales. Aquel día, pues,  del plazo cumplido, en el que debía pagar la casa comprada llamó al Cajero Guarderas y le exigió que a su presencia y a la del Secretario Carlos Pastor, practicara un Corte de Cuentas. Obedecida la orden, se constató que la existencia en Caja ascendía a $ 16.700,00, producto de ahorros y de arbitrarios comunes. Retirados los empleados de la Policía, por ser hora de almuerzo, quedáronse solos el Intendente y el Secretario, y con llaves de Policía, abrieron la Caja de fierro, y dispusieron del dinero guardado.

     Regresado Guarderas a la Oficina, abrió la Caja para cancelar un pago, y casi muere de sorpresa, al encontrar robado el caudal. Vuelto en si del repentino susto, cerró puertas de Caja y Oficina, y derechamente anduvo hasta llegara la presencia del Presidente Alfaro, a quien reveló lo sucedido entre clamores de miedo, protestas de honradez y juramento de hablar la verdad. Oído todo por el Presidente, llamó al Intendente con el designio de averiguar personalmente la denuncia del robo practicado. Presentados Páez y Pastor, Alfaro preguntó: General Páez, Guarderas me delata la desaparición de fondos de la Caja de la Policía. ¿Qué hay de verdad en eso? -No es exacto, mi General, lo delatado por el Cajero; esos fondos no han sido robados, contesta Páez.- Pues, dice Alfaro a Guarderas, al que solía distinguirle con predicción: ¿Cómo dices que te han robado de la Caja de fierro $ 16.000,00?- Así es la verdad, responde el Cajero. -Nadie ha robado nada, acentúa Páez, añadiendo, el caso, mi General, es el siguiente: Los dieciséis mil sucres, no provenían de vales de Policía, sino de ahorros hechos por mí. Yo necesitaba pagar lo que debía; por eso, he dispuesto de doce mil; mi Secretario, por librarse de un apremio personal, tomó los cuatro mil; esta es la verdad. -¡Ah! dijo entonces Alfaro, dirigiéndose a Guarderas; el dinero no ha sido robado, ni ha sido proveniente de vales de Policía: ¿me has dicho que no hay en la Caja los dieciséis mil sucres? ¡Cómo van a haber hombre! si el Intendente y el Secretario los tomaron porque necesitaban? doce y cuatro, cuánto hacen? pues, dieciséis; luego nadie los ha robado.

     Páez, al oír aquella inesperada solución, postrado de agradecimiento habló así: Mi General; usted me ha tratado como una madre trata a su hijo, cuando por amor le perdona alguna falta cometida; usted mi General, tiene un corazón de madre, porque con amor me ha tratado, aliviándome en mis necesidades.

     La frase, Alfaro corazón de madre, hiperbólicamente consta repetida en periódicos y Revistas, por, cuantos al principio se burlaban de ella, y después, para obtener perdón y olvido, por cuántos defraudaban las rentas nacionales.

 

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Notas:

* Aparecido en el libro “Memorias históricas, génesis del liberalismo, su triunfo y sus obras en el Ecuador” de Miguel Ángel Gonzáles Páez, pp. 511-515, Quito, Editorial Ecuatoriana, 1934.

** Miguel Ángel Gonzáles Páez, fue guerrillero azul que luchó contra la Revolución liberal encabezada por Eloy Alfaro, después se desempeñó  como escritor e historiador por la necesidad de: desenmarañar “la maraña de falsedades, del tejido de errores y de los datos contradictorios, publicados de continuo y esparcido por diversas partes, por los mismo autores de la contienda política, que han puesto especial empeño para que desaparezca la verdad, y aún las formas del desarrollo de los acontecimientos…”.   

(1) “Tengo la palabra. Exposición que para su defensa y para dejar constancia de la verdad, hace Manuel J. Calle. Tip. de la Escuela de Artes y Oficios. 1904.

Con mal imitada cortesía, inició la época del terrorismo el abogado Modesto A. Peñaherrera. Poseso de las demagogias de la revolución, que con ello haciendo alarde y adulo, obtuvo de Alfaro el nombramiento de Intendente General de Policía. Como primer desempeño de Autoridad, mandó, el 18 de Septiembre de ese año de 1895 escolta armada a que redujeran a prisión al doctor Camilo Ponce, que tranquilamente se encontraba en su fundo de Chillo, con la orden ultrajadora de que se le condujera amarrado ante la presencia del Caudillo radical, que curioso, deseaba conocerle personalmente; don Vicente Nieto O., primer Comisario de la nueva Policía, fue el que recibió  esa comisión, que la cumplió en efecto, pero, con recomendable cultura, permitiendo que el doctor Ponce se presentara al Jefe Supremo  sin el vejamen ordenado. Apenas visto el doctor Ponce por Alfaro, que preparado estuvo para conocerle, rodeado de los de la Plana Mayor de sus soldados; de los Ministros de Estado, del Intendente de Policía y de otros, a manera de salutación le dijo exabrupto y fieramente ”Agradezca usted que todavía tenga la cabeza en sus hombros”; a lo que el doctor Ponce contestó: “¿Qué tengo que agradecer a usted por la cabeza que llevo sobre mis hombros? Esta cabeza, se la debo a Dios, porque El me la concedió. ¿Y de qué delito se me acusa para haber sido conducido desde mi hacienda hasta Quito, por una escolta armada?” El jefe Supremo, volviendo de uno a otro lado la cara, le respondió: “Eso sabrá el Intendente; será porque usted es el jefe de los Conservadores”. Ocho días después al atardecer el 26 de Septiembre, también ese Intendente, como, ya narramos, impíamente dejaba ultrajar al Jefe de la Iglesia Ecuatoriana, al Ilmo. Pedro Rafael. Era el caso, que Peñaherrera creyó recomendarse a la masonería, adulando a Alfaro, con el irresponsable atrevimiento de vejar a los dos representantes de Dios y de la Patria.

Vicente Nieto O., comprendiendo el caos que abría el radicalismo, para en él sepultar a la República, con dignidad recomendable, presentó renuncia de su empleo, necesitándose, luego, valientemente en el campo de la oposición, con su Semanario, “Fray Gerundio”.

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